Juan Esteban Peláez

CUENTOS

IA

LA ISLA DE DALOS

Cuentos

***

Ella me miraba con sus ojos violáceos y su sonrisa amplia, una sonrisa que me llevaba al borde del encanto. Pero sus palabras eran duras como el acero, casi hirientes por su brutal sinceridad.
—Mi querido marinero, te pido casi suplicando que no vayas a Dalos —me insistió con su voz melódica.
—Pero es en la isla de Dalos donde está la fortuna —le dije—. Es Dalos aquella isla la citada en canciones y aclamada en historias. Esas tierras son las bendecidas por manantiales puros y riquezas inconcebibles. ¿Acaso no recuerdas las historias del leproso?


—No tengas en cuenta las historias del leproso —me interrumpió, al tiempo que la pequeña balsa se bamboleaba a causa del turbio oleaje del mar abierto. Ya el día empezaba a declinar, dejando un sol soñoliento y rojo que poco a poco empezaba a acostarse tras el horizonte. —Ese marinero leproso está roído no solo por la enfermedad. En su interior se incuba un mal alimentado por la envidia. Es cierto que él fue a Dalos, y también es cierto que trajo consigo riquezas; pero ahora es miserable y sólo quiere ver a la gente sufrir, pues su consuelo es ver a los demás compartir su martirio.
—¿Pero acaso miente aquel leproso? No, no miente. Fue a la isla de Dalos y volvió siendo rico —le dije mientras la detallaba. Su hermosura contrastaba con el mar tras ella. Su piel blanca era fina y su melena castaña era mecida por el viento pasajero que rugía en nuestros oídos. Gozaba, sin dudarlo, de una hermosura tiránica bordeada de dulces perfumes. Entonces me sentí enamorado, y le pregunté: —¿O acaso a donde vamos hay algún tesoro mayor que el mencionado en las canciones? ¿Acaso Lío es más rica que Dalos?
Ella supo que hablaba de ella, pues era sabia aunque tenía un aspecto juvenil. —Mi belleza no es un tesoro —respondió con astucia—. La belleza es efímera y se disuelve con facilidad en medio de la amargura de la vida. Tarde o temprano, sin importar su exuberancia, la belleza se marchita—. Entonces miró el horizonte azul y espléndido, buscando tierra firme, y añadió: —Pero te ofrezco el tesoro más subestimado por los hombres: La tranquilidad. En la isla de Lío no tendrás poder ni riqueza, pero tendrás tranquilidad. Podrás dormir bajo el arrullo del mar, y despertarás con el cantar de las aves. No tendrás que soportar más a esos inmundos y toscos marineros del muelle donde vives, y no te preocuparás por comida, aunque no tengas manjares ni lujos. Te prometo una vida austera, pero tranquila.
—¿Y me prometes tus labios y tus caricias? —le pregunté. Su compañía producía en mí una felicidad tumultuosa e inexplicable. Una alegría embriagadora me abordaba al ver sus ojos violetas, su rostro hermoso y sus ademanes dulces.
Pero sus suaves palabras eran lapidarias. Así que me respondió con la cabeza baja: —No tendrás de mí el beso ni la caricia que ansías. Nadie nunca ha logrado calmar la bravura de mi corazón, y, para tu pesar, tú tampoco lo lograrás. Sé que tarde o temprano este rechazo, y los muchos otros que han sido y serán, me atarán con saña una soga en el cuello. Mi soledad se alimentará al ver que no tengo quien me apoye en la enfermedad y en la necesidad. Y cumpliré años sola, y sola estaré en las festividades. Sé que cuando mi poderosa belleza se acabe y la vejez exude de mi cuerpo, el remordimiento causado por estos rechazos me aplastará con mano de hierro. Pero aún tengo belleza y juventud, y me puedo dar el lujo de ser un poco estulta; por lo que hoy te digo, mi querido marinero, que seguiré mi camino sola, buscando por un poco más de tiempo a mi amado ideal. Aún no pensaré en mi futuro y en mi posterior ruina.
—¡Entonces iré a Dalos! —contesté molesto y con el ego espoleado—. La tranquilidad no me sirve, pues necesito masticar mi tedio y escupirlo de mi cuerpo. Yo quiero poder. Si en Dalos hay riquezas, las tomaré y las llevaré al puerto. Allí seré rico y después famoso, y después vendrán hermosas mujeres y me ansiarán. Y tú perderás tu oportunidad.
Ella no picó el anzuelo. Intenté herirle el orgullo, pero sólo respondió con una expresión hermosa de niña consentida. Achinó los ojos, sonriente, y miró de nuevo al horizonte, esperando ver su amada isla de Lío.

Permanecimos en silencio por varios minutos. Yo no dejaba de mirarla. Aunque me había rechazado me parecía en verdad hermosa, un monumento a la belleza y al misterio. Ese apego al que yo llamaba amor podía compararse con un sentimiento perturbador.

Entonces vimos por fin a Lío, allá, lejana; apenas una pequeña sombra en el horizonte crepuscular.
—Llegaremos al anochecer —dije de mala gana, aún herido por mi amor fallido.
—Te pido, de nuevo, que no vayas a Dalos —insistió la joven con voz dulce.
Y yo respondí: —Mi querida y hermosa joven, te agradezco que intentes protegerme y que te preocupes por mi bienestar; pero a cambio no me ofreces nada más que la tranquilidad, y aunque estoy de acuerdo que está subestimada, la tranquilidad no calmará mi salvaje frenesí. La paz que me prometes no hará más que carcomer mi sana rebeldía. A excepción de que me prometas que serás mi esposa, no me quedaré en Lío. Iré a Dalos para acallar los gritos en mi interior que claman fama y fortuna.
Ella me miró casi con lástima, pero meneó la cabeza y dijo: —Los hombres son tan codiciosos, que tarde o temprano terminan devorando su propio cascarón.
—Sé a qué te refieres, mi querida insoportable. Ahora bien, debo confesarte que no recuerdo en qué momento salimos del muelle, ni recuerdo tu nombre ni cómo te conocí, ni qué día es, y sólo sé que debo llevarte a la isla de Lío por medio de tus indicaciones. Ya estamos llegando, así que, como recompensa, te pido que me expliques cómo llegar a la isla de Dalos. Si no tendré a cambio tu amor, entonces sólo indícame el camino a mi destino y me daré por bien servido.
La joven me examinó con profundidad, pero al ver la determinación en mis ojos acerados, accedió a mi pedido. —Apenas lleguemos a Lío debes zarpar y navegar siempre con Antares a tu derecha. En menos de dos días llegarás al país que tanto quieres conocer. Pero recuerda esto: la riqueza que emana de Dalos es sólo un premio de consolación. Allí hay terrores ocultos y muy antiguos. Y, por favor, no dejes contaminar tu corazón tal y como el leproso lo hizo.

A medida que nos acercábamos a Lío, llegaron a mí visiones hermosas y casi interdimensionales. Ya era de noche, pero todo era visible, como si la luna llena iluminara el mundo como un sol de hielo. Pero no sólo era hermoso el plenilunio; todo en la costa de Lío era una ensoñación. Los colores eran diferentes, místicos y brillantes. En la costa imperaban los colores pasteles. La playa era blanca y luminosa bajo la luna, y el agua límpida parecía sonrosada. Los árboles, la arena, el cielo, todo parecía tener una pátina de tonos pasteles, texturas suaves e iridiscencias tornasoladas. Los manantiales parecían tener el color púrpura de las flores, y las flores allí eran azules y rosadas. El cielo nocturno desplegaba visos rosados y azulados, y los árboles emitían brillos extraños.

—¡He aquí a Lío, mi destino! —dijo la joven mientras se levantaba con dificultad a causa del oleaje.
La tomé de la delicada mano y le ayudé a bajar de la embarcación. Entonces la miré por última vez, aún enamorado, bajo ese cielo encantado y sobre esa playa maravillosa. Sus ojos violetas brillaban de alegría, pues por fin, después de edades, había vuelto a su isla.
—Al igual que la belleza, la riqueza no lo es todo. Recuerda eso antes de que alguien más te lo haga saber. Y nunca, nunca subestimes los placeres de poder dormir tranquilo; esa es una de las grandes metas en la caótica vida. Gracias por traerme, mi querido marinero. Te deseo ventura en tu viaje a Dalos.
—¿Algún otro consejo?
—No permanezcas más de tres días en la isla. Si la marea se encabrita, salir de sus costas será una tarea imposible. Tu embarcación será destruida por los peñascos y no podrás volver a tu anhelado hogar. Dos días es más que suficiente para explorar la isla, aunque me gustaría que ni siquiera pisaras esas tierras—. Y voleando la mano y con el cabello castaño al viento, se despidió de mí para nunca más volverme a ver.

***

Zarpé de Lío a Dalos con un deseo desbordante de gloria y poder, evocando sueños singulares y difusos. Con Antares siempre a la derecha, navegué en silencio, escuchando el incesante sonido del mar, fundido en el vaivén de las olas arrulladoras. El cielo era azul y estaba libre de nubes, y el mar, fungiendo como el borde del infinito, se mostraba eterno en todos lados. Tenía provisiones para meses y agua suficiente para no sufrir por un muy bien tiempo, por lo que navegué con tranquilidad.

Estaba ansioso de llegar a Dalos, ver sus coloridas lomas y sus hermosas playas. Si Dalos siquiera se acercaba en belleza y esplendor a Lío, entonces sería una empresa maravillosa. ¡Fértiles bosques tropicales y hermosas playas coralinas! Así imaginaba la isla de las canciones. Repasaba una y otra vez mi travesía: me imaginaba bajando de la embarcación, pala en mano, y visualizaba que con rapidez encontraba los cofres que los corsarios enterraron antaño en las entrañas de la isla. Subía las joyas al barco y, después de comer algunos deliciosos mariscos, me embarcaba hacia el muelle. Allí compraba ron y mujeres. “También compraré barcos pesqueros” pensé en medio de un delirio lleno de felicidad.

Pero cuando llegó el segundo día, unos pensamientos turbios invadieron mi ser. Un incomprensible nerviosismo me abordó, al tiempo que sabía, de manera inexplicable, que me acercaba a mi funesto destino. Algo en mi corazón me advertía de una lívida tragedia. El mar estaba calmo, casi adormecido, pero un miedo alteraba mi espíritu, un miedo inquieto que me distraía.

Y antes de la segunda noche la vi. Al principio sólo era una mole informe y sombría en el horizonte, pero a medida que me acercaba la sensación de aventurero, antes henchida, ahora se agazapaba en mi interior, dejando en su reemplazo el frío del temor. ¡¿Acaso esa era la isla de Dalos?! ¿La isla de las canciones y de las historias? Dalos no era más que una giba deleznable sobre un mar embrujado, rodeada por un ambiente amenazante y tenaz. Nubes enlutadas empezaron a cernirse alrededor de una playa extravagante, y el agua, ahora oscura y gris, me invitaba a acercarme, como si un encantamiento arrastrara mi barco a la costa con una cuerda invisible y cruel.

Era una isla primigenia, árida y muerta. ¡¿Dónde estaban las hermosas costas?! ¡¿Dónde estaban las bellas floridas?! Dalos no era más que un pedazo de roca yerma con una colina en la mitad. Los árboles estaban deshojados y desnudos, y ninguna planta podía sobrevivir allí. No había frutas tropicales ni manantiales cristalinos, sólo había podredumbre y hechicería. ¿Cómo era posible que Lío fuera tan encantadora y esta tierra tan hórrida?

Descansé esa noche en las costas, tumbado sobre la arena de la orilla, exhausto, escuchando el bramar del mar y algunos susurros indescifrables que parecían llevar secretos de norte a sur en alguna lengua execrable. El cielo, ahora despejado, me mostraba sus lejanas estrellas como un terrible recordatorio: “estás lejos, muy lejos, y solo, muy solo… y en peligro”. Sabía que Dalos guardaba para mí un hado maligno, pero desconocía cuál. La noche no era fría, pero la inquietud se abultaba en mi pecho, y una angustia insoportable lastimaba mi espíritu. A medida que pasaban las horas nocturnas sentía que un temor inefable y sin medro se cernía sobre mí, ansioso de llevarme a la locura.

Por fin amaneció. La noche miedosa quedó atrás, y fue reemplazada por un cálido día que enervó mi pasión y mi codicia. Sabía que estaba en una tierra llena de tesoros. Ya muchos habían encontrado allí fortuna, y ahora era mi turno.

Empecé a caminar por la costa, indeciso al principio, pero poco después empecé a encontrar pequeñas monedas de oro tiradas en la playa. Inicialmente fueron dos, pero después fueron cinco, y después muchas más. Antes de mediodía había llenado dos bolsas de cuero con piezas de oro. Mis ojos refulgían de dicha, aunque sentía un fuerte dolor en la espalda y en el hombro. “Debe ser la terrible noche que pasé” pensé, cegado por el dorado del botín.

Pero exactamente al mediodía mi mente inflamada empezó a sentir el llamado de la colina. Algo en mi interior empezó a obligarme a subir esa cuesta terrible. Y, antes de ser consciente, ya mis pies se dirigían a la elevación. Las laderas rocosas eran muy empinadas y el camino era accidentado y agreste, pero un impulso profundo y poderoso me azuzaba para subir por entre los troncos muertos hasta la cima. Sabía que allí me esperaba algo, bueno o malo, pero necesario.

El sol empezó a volverse más tortuoso, y mis piernas empezaron a temblar y a flaquear. Poco después, incapaz de sostener las bolsas de oro, las dejé enterradas en un pequeño tocón que marqué con una equis, y continué el ascenso. La deshidratación empezó a jugarme malas pasadas, ampliando voluptuosidades a mi alrededor. Los susurros que escuché la noche anterior ahora eran claros, y me incitaban en palabras extrañas a seguir subiendo. Hasta que llegué a la cima y por fin lo vi.

Tenía la garganta seca y el cabello empapado en sudor, las piernas ya no me respondían y el dolor del cansancio ardía en mi pecho; pero todo esto fue reemplazado por el temor cuando vi el tótem. Emergió en el horizonte como una invocación horripilante. Estaba erguido en toda la cima de la isla, empalado como un horror primordial. Semejaba un enigma de madera que resguardaba los secretos del universo. Sentí un desagradable estremecimiento al verlo allí, coronando con su ferocidad la colina y el cielo azul. Pero fue más fuerte el susurro fantasmal que el temor, y, como un afable poseso, empecé a caminar con mis últimas fuerzas hacia el terrible monumento.

A medida que me acercaba me daba cuenta de que estaba tallado con escalofriante maestría, aunque su forma de criatura hereje era abominable. Y cuando ya estuve casi a sus faldas, vi con inquietante asombro las varias víctimas que la hostil isla había reclamado.

He aquí la parte más aterradora de mi relato. Alrededor del tótem, desparramados, se encontraban una legión de pellejos de sepulcros vedados. Había animales, pero también hombres, deformados al punto de convertirse en monstruosidades. Reposaban bajo el sol, cociéndose y llenando el aire de un amargo y nauseabundo hedor. Pero yo simplemente pasaba por encima de ellos, hipnotizado por el pérfido monumento. Me seguía acercando a él por entre las ya maduras carroñas de rincones sangrantes, y a medida que me acercaba el dolor en mi hombro se intensificaba. El nervioso daño empezó a apoderarse con velocidad de todo mi cuerpo, mientras enfocaba con vista borrosa el tótem, que cada vez ganaba más altura; hasta que el mal se volvió insoportable.

Sentí la náusea subir por mi garganta, cual hiel caudalosa, al tiempo que mi cuerpo empezaba a desbordar el dolor, como el vino cuando rebosa la copa. Empecé a escupir blasfemias llenas de horror y desesperación, mientras sentía cómo la carne se me podría y la sangre se me envenenaba. Mi incesante martirio se mezclaba con una atmósfera ominosa. El tótem permanecía quieto, erguido y en silencio, mientras deformaba mi cuerpo hasta volverme un horrible jorobado de piel purulenta. La metamorfosis, brutal y tormentosa, fue tan voraz que sólo duró unos pocos minutos, pero fue suficiente para sentir la eternidad del infierno en mi interior.

Ya desfigurado, sentí que los susurros cesaron y mis piernas, ahora de tamaños diferentes, volvieron a ser mías. Así que bajé corriendo la cuesta, olvidando las monedas de oro y las riquezas. Sólo quería escapar de esa empinada cima y de la mirada omitida de ese monumento siniestro. Ansiaba llegar a la costa y salir de ese terrible pedazo de tierra. Trastabillé varias veces mientras me adaptaba a mis deformidades, pero antes del anochecer logré llegar a la playa.

Mi cuerpo estaba tan seco que ni lágrimas salían de mis áridos ojos. El dolor era permanente, pero menos intenso que en la cima. Veía con horror mis manos y mis piernas, ahora con ángulos extraños, y mi piel estaba llena de protuberancias. Aun así, no era consciente del daño sufrido por mi cuerpo. Sólo hasta que me reflejé en el espejo vi mi nuevo aspecto, inmundo y enfermizo. Mi cara estaba arruinada, mi frente muy pronunciada y mi carne achicharrada. Y una voluminosa joroba me impedía erguirme, obligándome a bajar la mirada al suelo arenoso.

Entonces recordé a mi querida amada: “No permanezcas más de tres días en la isla”. Esa era mi segunda noche, por lo que debía partir al día siguiente. ¿Y mis riquezas? Estaba demasiado dañado para empezar a cavar o buscar monedas por la costa. La codicia había sido reemplazada por el dolor y el sufrimiento. Ya no quería ser rico ni famoso, sólo quería volver a ser el simple marinero de antes, humilde y corriente. Quería que el dolor desapareciera, al igual que la nudosa giba, y que mi rostro fuera otra vez simétrico y mis piernas fuertes de nuevo. Una angustia histérica se apoderó de mí. Intenté ponerme de pie para zarpar y volver a mi hogar; pero me fue imposible. Las fuerzas me abandonaron, dejándome allí, acostado en la playa, bajo una noche fresca y un suplicio indescriptible.

Llegó la mañana. Logré, con mucho esfuerzo, subir mis pertrechos a la embarcación. Y, para mi sorpresa, vi un pequeño cofre en la quilla. Miré a todos lados, paranoico; pero nadie estaba cerca. Entonces abrí el cofre y vi con maravilla varias piedras preciosas y hermosos detalles en oro. Mi corazón se aceleró de la alegría. Volví entonces a recordar a mi amada de ojos violáceos, y supe que ese era mi premio de consolación.

Pero era el tercer día, y vi con terror esas apestosas mareas que impedían mi anhelado escape. El mar se agitó y empezó a lanzar mi embarcación hacia las rocas. Como pude logré adaptarme a mis torpes manos y a mi rara morfología, y logré maniobrar con destreza por entre los dientes de roca. El mar maligno intentó una y otra vez destrozarme, pero no lo permití. Mis manos se quemaron con las cuerdas, mi vela se rompió y mi embarcación sufrió los fuertes embates del terrible Poseidón. Pero logré salir a mar abierto y dirigirme al occidente. ¡El jorobado logró salir de Dalos con su botín!

***

Mi llegada al puerto fue agridulce. Cuando descendí y todos vieron mi mutilado aspecto, se espantaron y huyeron. Pero tenía oro y joyas, y en poco tiempo fui recibido como un rey en las tabernas y en los burdeles. Pocas mujeres se arriesgaron a besarme, muy pocas, pero algunas desdichadas fueron arrastradas a mis brazos por el hambre y la necesidad. Y los taberneros, emocionados, me ofrecieron ron y cerveza en cantidades industriales. Me convertí en un jorobado famoso y rico, sumergido en los vicios y en los pecados. Pero poco a poco fui arruinando mi frágil fortuna.

Me robaron muchas veces en mis borracheras, y las mujeres se aprovecharon de mí, pidiéndome oro y favores a cambio de sucias caricias. El deleite me hacía olvidar mi deformidad, haciéndome sentir un poco más normal en medio de ese sucio muelle. Mis planes de comprar barcos se vinieron abajo. Mis ganas de comprar algunos comercios fracasaron, ya que nadie quería hacer negocios serios con un engendro borracho y vicioso. Me defraudaron dos veces y mi familia, cansada de mis distópicos estados y mis cóleras constantes, me abandonó a mi suerte. El dolor crónico sólo era apagado por el ron, y la peste de mi estética era disimulada por el derroche. Después de sólo dos años de mi viaje a Dalos, ya estaba durmiendo en la calle, escarbando entre la basura y suplicando por comida.

Mi aspecto infecto y desagradable empezó a notarse más a causa de mi miseria. El oro dejó de perfumar mi físico y mis rabietas, ahora más constantes a causa del permanente dolor. Ahora era un paria, igual que el leproso que antaño me había encantado con sus historias de riqueza en Dalos. ¡El leproso! Claro, ese maldito sabía de la maldición de Dalos, del poder tenebroso del tótem y de su maldición ahíta de delicias espantosas. Él, que sufría, quería que todos también sufrieran, y por eso llenaba de mentiras las mentes codiciosas para enviarlas como tributo a esa isla insoportable.

Después de mi viaje no volví a ver al leproso, pero ahora sufría igual que él. Ahora sentía la indiferencia y la humillación de los marineros y de las prostitutas. Un fulgor empezó a dominar mi ser, ahora lleno de hambre. “Me entenderían si viajaran a esa isla y llegaran deformados” empecé a pensar. Un amargo influjo lleno de venganza empezó a anidarse en mi cabeza. Empecé a esparcir rumores de la hermosa Dalos, contándole a los taberneros cómo encontré allí las joyas, y cómo pude volverme rico sólo caminando por la playa y recogiendo monedas de oro.

Los taberneros empezaron a regar mis rumores (que eran verdades a medias), y muchos marineros empezaron a buscarme para preguntar sobre Dalos. Yo les contaba historias de gloria y riqueza a cambio de pan duro y cerveza. Era obvio para mí, que tales lobos del mar a duras penas me soportaban, pero la ambición era más fuerte que el desagrado.

Y muchos hombres, intrépidos y alevosos, empezaron a zarpar en busca de la famosa isla, que enriqueció a un leproso desaparecido y a un jorobado borracho que ahora estaba invadido por una dolorosa necrosis y una sangre fétida. Y yo sonrío al verlos partir, imaginándome el oscuro tótem y sus susurros enigmáticos, su maldición despiadada y sus inconmensurables formas de impartir sufrimiento. Mi rostro se desencaja en una mueca de maligna satisfacción, pues me regodeo en un mar de envidia que prolifera de mi deformado y cómplice corazón. Lo admito, soy feliz repartiendo miseria, pues quiero que todos sean tan miserables como yo.

Sé que con estos rumores doy rienda a una crueldad manifiesta, y sé que le he fallado a mi joven amada de ojos violetas. Pero a todos los marineros que mando a la muerte, les pido que, si por casualidad o fortuna llegan a la isla de Lío, busquen a una hermosa joven de cabellos castaños y piel blanca. Y a todos les pido lo mismo: —Si la encuentran, díganle que aún la amo y que siempre voy a amarla, pero que me perdone por no haber tomado sus consejos. Ella tenía razón: la tranquilidad es el tesoro más subestimado que tiene el ser humano.




Volver | Leer El Espejo

Vistos

Me gusta

© 2022