CUENTOS
El Hacedor de Tormentos
***
Esta historia nace de un misterio terrorífico que no pude resolver sin ayuda de Valane, pero el precio que pagué por su solución fue tortuoso y maligno. Y, aun así, el misterio ocurrido en la selva tropical no es el protagonista de esta historia; sólo es el catalizador que me llevó a sumergirme en los terribles hados que narraré a continuación.
Todo inicia con la desaparición de un anticuario millonario llamado Luis Castelano. Él, embriagado por cierta excentricidad, decidió ir a la selva en busca de algo; pero desconozco qué. Pudo ser alguna bestia desconocida o algún ritual indígena; lo cierto es que nunca sabré qué lo llevó a internarse durante un mes en la espesura verde y húmeda. El caso de su desaparición no hubiera tenido tanta cobertura si su irresponsabilidad no hubiera dominado su escasa inteligencia, pues llevó consigo a su pequeña hija Matilda y a su perro Persa. ¡¿Qué pensaba ese idiota al llevar a una niña de ocho años a la muerte verde?!
Tras casi un mes entre la espesura de la selva, en una de sus excursiones, Luis, la niña y el perro no volvieron al campamento cerca del río. Los nativos y los guías se alarmaron, por lo que al día siguiente iniciaron la búsqueda. Duraron más de dos semanas buscándolos por todos los senderos, hasta que finalmente los hallaron. Al parecer, el anticuario se había desorientado, dejando perder el camino y arrastrando a su hija y a su mascota a un terrible final.
Pero en este momento inicia el misterio, pues, aunque esperaban encontrar una carroña madura, lo que encontraron los guías fue un cuerpo calcinado por completo. Del excéntrico hombre sólo quedaban las dos piernas hasta las rodillas y su brazo izquierdo; el resto eran cenizas que formaban una silueta humana llena de carbón. Ni siquiera los huesos habían aguantado las llamas, que parecían haber sido invocadas desde el Averno en medio de esa espesa selva. Alrededor, el hedor a carne y pelo quemado se estancaba entre los cerrados ramajes del rededor.
A dos kilómetros del cuerpo incinerado, en la cima de una cuesta verde y agreste, se encontró el cadáver de la pequeña Matilda Castelano. Su pequeño cuerpo, en posición fetal, estaba morado y tenía varios mordiscos en sus brazos y en sus piernas. Y, a pocos metros, estaban los restos de Persa, que también tenía algunas marcas de dientes y garras en su negro pellejo.
¿Qué había sucedido? ¿Cómo un cuerpo puede llegar a convertirse en ceniza y miseria? ¿Quién los había atacado? ¿Qué había devorado parcialmente a la niña y al perro? ¿O acaso el perro fue quien atacó a la niña? Es aquí donde se empieza a trenzar la realidad con la fantasía.
¿Y yo como encajo en este caso? Este caso no vino a mí por medios convencionales (como ninguno de los misterios que he resuelto), vino a mí por mi milagrosa exactitud y mis espléndidas virtudes. Aunque muchas veces me han propuesto que trabaje como investigador para la policía, o investigador privado, me limito a ayudar a mi amigo Billar con casos extraños; aunque no desprecio un suculento pago por resolver misterios.
Edwin Billar es un detective de la policía que conozco desde la infancia. Yo, que heredé gran fortuna, nunca me vi impulsado al trabajo administrativo; pero la solución de casos sin resolver siempre se me dio como una complacencia salvaje. Mi imaginación, acompañada de mi increíble deducción, me permitió ver pistas claras donde nadie las veía. De esto era consciente mi amigo Billar; y por eso me pedía que lo ayudara a resolver casos complejos a cambio de un pago como asesor. El pago pocas veces me importó, pues me gratificaba más la resolución. El tener la razón en una deducción funcionaba para mí como un narcótico maravilloso, y elevaba mi ego y mi autoestima a niveles montañosos y espléndidos. De haber conocido mis deducciones, Agatha Christie y Conan Doyle estarían orgullosos.
Billar llegó con el caso de Luis Castelano y su hija Matilda a mediados de mayo, un caluroso mayo. Las pistas eran pocas, y las conclusiones lógicas estaban mezcladas con historias fantasiosas e irracionales. Unos decían que el hombre había pisado una mina, lo cual descarté de inmediato al ver el estado del cuerpo (o mejor la falta del cuerpo). Otras pistas llevaban a una combustión espontánea, término que nunca llegó a ser una conclusión científica. La combustión espontánea se puso de moda durante cierto tiempo, pero nunca se llegó a probar su existencia; y yo, que me baso en la evidencia, la descarté por completo.
Entonces, a causa de la falta de pistas, empezaron a germinar ideas absurdas. La primera fue una historia donde la niña se había convertido en un licántropo y había devorado a su padre y luchado contra el perro (lo que explicaría las marcas en Matilda y Persa). Otra historia decía que el perro era quien había devorado al hombre y la niña. Una idea aún más descabellada decía que habían sido asesinados por una tribu nativa y desconocida. ¡Ni hablar de las historias de extraterrestres!
Pero una de esas tontas hipótesis llamó mi atención. Decía que el anticuario había estudiado nigromancia y que había sido hechizado. Esta loca historia dejaba por fuera a Matilda y al perro; pero explicaba la cicatriz en forma de equis en la palma de la mano izquierda del anticuario. ¡Este detalle sí era importante! No me importaba nada más de esa ridícula historia. En efecto, Billar me mostró fotografías del brazo y sí tenía una marca en equis hecha por un cuchillo y, para mí, autoinfligida. ¿Por qué se cortaría la palma de la mano de esa manera? ¿Acaso la locura lo había llevado a autolesionarse de esa manera? ¿O quizás deseaba escribir algún mensaje y no tenía tinta? A partir de esta cortada inició mi investigación.
Pedí a Billar todas las evidencias relacionadas con el caso. También investigué la vida de Castelano, tanto familiar como laboral. De esta manera, llegó a mí un soleado viernes, una agenda que había dejado en el campamento. La letra del hombre era horrible y casi indescifrable. Allí anotaba ideas vagas y temas sin importancia. También anotaba ciertos horarios y proyectos que tenía en mente. No encontré nada referente a Matilda ni a su perro; por lo que para mí aún es un misterio el motivo por el cual llevó a la niña y al can a la violenta selva. Y, sin embargo, en medio de esos escritos, encontré un nombre que llamó mi atención: Eddas magnas.
Yo ya había escuchado ese nombre, y se decía en algunos círculos que eran unos libros que describían la historia de un mundo fantasioso y lejano; pero nunca los había leído. Así que empecé a buscar esos libros por todos lados, hasta en los sitios más recónditos; esto para despejar un poco mi mente y dejar que ésta encontrara soluciones en segundo plano. Pero, para mi sorpresa, no conseguí nada sobre las Eddas magnas.
Volví a la libreta. Entonces encontré una verdadera pista: además de la mención de los libros, había un pseudo ritual donde se abría un supuesto portal a una tierra lejana e interdimensional. Olvidé por un momento a Luis y me enfoqué en el portal, sólo por curiosidad académica. El ritual era sencillo: se debía dibujar un cuadrado en una pared o en el suelo, en él dibujar siete palabras de un idioma desconocido y letras extrañas; unos símbolos que juro me recordó el manuscrito Voynich. Y, cuando ya se estuviera en el interior del recuadro, frente a las siete palabras, se debía realizar un corte en la mano izquierda a modo de equis. ¡El corte! ¡Esto sí era una pista! Sin embargo, se decía que para que el ritual funcionara se debía conocer la historia de las Eddas magnas.
Era para mí más que obvio que Luis conocía el ritual y, por algún enigmático motivo, había intentado realizarlo. Esto me encaminó hacia la dirección de la locura del hombre; pero el cuerpo carbonizado me impulsaba a saber más sobre el tema. Así que le pedí a Billar que citara una reunión con los familiares de Castelano, para que me permitieran una visita a la casa del anticuario y allí profundizar en la investigación. Después de un poco de insistencia, la familia estuvo de acuerdo.
Tomé un vuelo y fui a la casa del viejo. Era una casa blanca y grande en un suburbio bello de rejitas blancas y jardines coloridos. La hermana de Luis me recibió y me puso como única condición indicarle qué deseaba llevarme, imagino que para una última inspección. Fui a su biblioteca y, aunque estaba preparado para una ardua tarea sumergida en cientos de tomos y papeles; en verdad fue una empresa sencilla. Los encontré en el primer estante, de lomos negros y letras doradas. Eran cinco tomos y todos decían Eddas magnas. Le pregunté a la mujer si podía llevarme esos libros y ella, sin pensarlo mucho, aceptó.
Debo aceptar que fueron historias divertidas de lo que en la actualidad se puede definir como «fantasía oscura», con algunos momentos heroicos, fuertes batallas y grandes aventuras; pero nada explicaban sobre hechicería, portales o rituales ocultos y olvidados. Aun así, disfruté de su lectura.
Apenas terminé el último libro, me preparé un sándwich y me dispuse a seguir las tontas indicaciones anotadas por Luis en su agenda. Hice un cuadro con tiza en la pared, escribí las siete extrañas palabras, hice un corte en equis en mi mano izquierda y puse ambas palmas en el recuadro. Al principio permanecí ansioso, esperando un extraordinario evento lleno de fosforescencias, un estado que me ayudara a resolver el misterio de Luis; pero por el contrario empecé a sentirme adormilado, como si varios venenos me hubieran embriagado, sumergiéndome en un aroma de vinos y fragancias dulces. Mis párpados empezaron a cerrarse, mis brazos y mis piernas me pesaron como el concreto, y un mareo dominó mi soporosa testa. Hasta que, al parecer, caí desmayado.
***
Cuando abrí los ojos me vi derrumbado en medio de un bello bosque, bajo un día cálido y brillante. Una fresca brisa se colaba entre los ramajes y me refrescaba el rostro. Pero era un bosque extraño, de matices y colores extraterráneos. Los enormes árboles, de especies desconocidas, eran vetustos y enormes, y el bosque entero parecía ser milenario. El olor a moho y a madera húmeda proliferaba en el viento, y las ramas se mecían mientras generaban ese sonido majestuoso y tranquilizante. Supe de inmediato que me encontraba en una situación voluble y antinatural. Me sentía vulnerable, lejos de casa, muy lejos, y me sentía solo.
Llevado por un deseo inexplicable, empecé a caminar entre los troncos en una dirección fija, con el valor amedrentado. Cualquier sonido me causaba temor, pues imaginaba el ataque sorpresivo de alguna bestia mitológica. Permanecí en ese estado alterado hasta que el cansancio empezó a reemplazar la adrenalina. Empecé a sentirme fatigado, las piernas empezaron a temblarme y las manos, cortadas por los ramajes a los que me agarraba, me ardían.
Caminé durante varias horas bajo las sombras del dosel rojizo y verde, hasta llegar a un claro enorme que se abría en un círculo casi perfecto. Me envolvió la fragancia a rosas, al tiempo que frente a mí se erguía, amenazante y hostil, una torre grisácea y pétrea, como un coloso que se inclinaba hacia mí con la curiosidad de un niño por una hormiga. La poderosa edificación que despuntaba en el cielo azul parecía ser una antigua torre del homenaje de un castillo medieval; pero tenía una arquitectura enigmática: sus ángulos eran exagerados, casi deformes. Si se seccionaban el portón, la muralla, la base y el techo se podía ver una obra horrenda; pero en conjunto la torre se veía majestuosa.
Me acerqué, pues necesitaba saber dónde estaba (aunque en medio de mi delirio ya tenía mis hipótesis), y caminé alrededor del muro alto y arruinado por varios minutos. Era evidente que la torre era antigua, terriblemente antigua, y estaba en un claro estado de abandono. Quizás nadie viviera allí; pero debía averiguarlo. Así que caminé un poco más hasta que me encontré con una grieta en el muro lo suficientemente ancha para entrar. Descansé un poco antes de ingresar. Me senté en el pasto tupido y respiré profundo. Entonces miré el cielo y me di cuenta de que, para mi sorpresa, dos soles iluminaban la bóveda azul. Uno de los soles era rojo y el otro amarillo; y parecían dos ojos flamantes que miraban con perspicacia el mundo acá abajo. Respiré con calma bajo los dos soles y disfruté del viento frío y pasajero, me armé de valor e ingresé por la grieta.
Al entrar, bajé una pequeña cuesta (quizás un pozo antiguo que protegía la torre), y posteriormente subí una pendiente hasta llegar a un lugar extraño. Allí había muchas flores de muchos colores y muchos aromas dulces, lo que contrastaba con la ruina y el abandono de la muralla exterior. Aquel bello jardín causaba en mí una fría consternación, pues parecía una hermosa perla en medio del oscuro abismo. Y, a medida que me acercaba a las flores, vi que algunas piedras sobresalían de los brillantes pétalos. Eran piedras pulidas y redondas, como pelotas que formaban cuadrillas. Y, bajo las bolas de piedra había placas, una por cada esfera. En cada fría placa había palabras, quizá nombres, en un lenguaje indescifrable. No era árabe, ni romance ni mandarín. Supe entonces que estaba caminando sobre un camposanto, y que bajo mis pies cansados no había más que carne deshecha y huesos podridos. Y reafirmé mi teoría al ver una pequeña capilla recostada contra la base de la torre. Como no había cruz alguna, supe que el cristianismo no había tocado esa región.
Continué mi camino hasta encontrar por fin el portón de la torre. Era de madera, con taches y púas de metal negro, y una aldaba con una forma de algún demonio abominable custodiaba la entrada. La puerta estaba entreabierta, por lo que ingresé sin anunciarme. Apenas lo hice vi que a la derecha había unos grilletes (una ubicación por lo menos extraña para mantener un prisionero), y al fondo se veía una escalera en caracol que doblaba hacia la izquierda y se perdía contra el muro donde se recostaba. No había muchas opciones, así que ingresé y empecé a subir la escalera de piedra.
Anduve casi a ciegas mientras ascendía, tanteando con los pies cada peldaño. Aunque de tanto en tanto una ventana dejaba entrar la luz del día, gran parte de la torre estaba a oscuras; y oscuros eran los recodos y los rincones. Mis pasos formaban ecos sonoros, y eran lo único audible. A excepción de mi agitada respiración y mis lentos pasos, no escuchaba nada más. Después de varios escalones, llegué a una estancia amplia que tenía algunos muebles viejos y llenos de agujeros a causa de las termitas. Algunos de los muebles estaban cubiertos por telas amarillentas, otros simplemente estaban cubiertos de polvo. Sin embargo, era obvio para mí que eran muebles lujosos y de esplendores pasados. Crucé la estancia y continué mi ascenso por otra escalera, esta vez recta y abovedada. No era visible nada en su interior, por lo que la subí completamente a oscuras. Era tan densa la oscuridad que me sentía ciego aun con los ojos abiertos. Quien nunca ha sufrido el abrazo de las tinieblas absolutas podrá entender el nerviosismo alterado que la negrura causa.
Ya bastante asustado, continué con los brazos extendidos hasta ver un pequeño viso gris. Al acercarme me di cuenta de que era una nueva sala, más amplia que la anterior y rodeada de ventanales sucios y marcos oxidados. También había allí algunos estantes y sillones; y en uno de los sillones voluptuosos reposaba una mujer rubia y llamativa que perdía su mirada en una ventana y acariciaba el lomo de un gato que ronroneaba en su regazo. En la otra mano sostenía una gran copa de vino.
—¡Hola! —dije con torpeza mientras me acercaba a la despampanante rubia y sentía su perfume rondar el aire.
Y cuando esta volteó a mirarme, mi voluntad, mi genio y mi inteligencia se vieron superadas por aquella belleza portentosa de ojos verdes y piel blanca y tersa.
***
El gato saltó del regazo de la mujer, mientras esta me invitaba a sentarme en un sillón frente a ella. Sus facciones eran extranjeras, pero no pude deducir cuál era su origen. Aunque era rubia, no era nórdica ni caucásica; pero era la mujer más bella que había visto en mi vida. Por lo dicho antes, dudé que entendiera mi idioma.
Y, sin embargo, me dijo con excelente acento: —¡Hola! Siéntate, por favor, que debes estar cansado.
Me tranquilicé mucho al escucharla. Pero, además de tranquilidad, me sentí dominado, hipnotizado como un borrego por el tono dulce de su voz, una voz casi musical. Así que, como un acólito drogado, me senté frente a ella, tal como me había ordenado.
—Siéntete bienvenido a mi humilde morada —dijo la rubia—; pero te pido disculpas por el estado de la torre. En estos tiempos no es fácil contratar a la servidumbre, aunque debo esforzarme más, ya que durante los últimos días he recibido más visitas de las esperadas.
Arrastraba las palabras, por lo que deduje que estaba ebria. —No te preocupes por esas pequeñeces —respondí—. Pero me gustaría saber…
—Lo sé —me interrumpió de manera abrupta, aunque dulce. Su actitud era extraña, pues parecía fingir la gentileza de una niña de catecismo; pero en sus ojos de esmeralda parecían asomarse siglos de experiencias.
La detallé mientras tomaba un sorbo de vino. Me bastaron segundos para recorrer con mi aguda mirada a la extraña anfitriona: su cabello parecía un río de oro fundido que llegaba hasta sus hombros, sus ojos verdes brillaban y sus facciones simétricas le daban una belleza escalofriante. Su cuerpo era curvo, y lo cubría con un vestido negro y escotado, de espalda destapada y falda larga. Era claro que poseía gran riqueza, pues el vestido era de seda, las joyas costosísimas y el maquillaje con el que se adornaba parecía profesional, como si tuviera un ejército de ayudantes que la ayudaban a lograr tan absurda hermosura.
Ella entonces me miró con cierta fijación, escrutando con perspicacia mis pensamientos, y dijo para mi pesar: —Desde aquí puedo ver cómo hierve tu deseo—. Hizo una pausa y olfateó levemente el aire. —Casi puedo olerlo.
Mi cuerpo rebosó de una vergüenza aplastante. Aunque nunca había visto mortal tan bella, no podía creer mi falta de recato y mi poco disimulo. Sentí la sangre sobre mi rostro a causa de la incómoda frase de la extraña.
Ella sonrió, engreída, y continuó: —Sé a qué has venido…
—¡No vine por ti! —interrumpí yo esta vez, con el orgullo espoleado e intentando alejar mi fascinación lo más posible de su misterioso radar.
—Lo sé. No viniste por mí; de hecho, me atrevo a decir que ni siquiera sabes dónde estás. Viniste para saber qué le sucedió a Luis Castelano.
Abrí los ojos por la sorpresa al escuchar el nombre. Era verdad, ella sabía el motivo de mi visita.
—Luis se encuentra aquí, en la torre. Si deseas, puedes hablar con él.
—Me gustaría. Pero primero me gustaría saber dónde estoy.
—Deberías saberlo, pues para llegar hasta este sitio por medio del portal debes haber leído las Eddas magnas.
—Las Eddas magnas tienen muchas historias, y muchos protagonistas —respondí de manera astuta y evasiva. Sabía que en uno de los libros se mencionaba a una rubia y a una torre; pero no recordaba bien la historia ni el nombre de la mujer.
Ella sonrió. —¡Qué respuesta tan prudente! —dijo, tomó de un sorbo el vino que le quedaba en la copa y añadió: —Estás en la Torre del Vampiro, lo que antes se llamaba La Torre de la Doncella; pero los tiempos cambian.
Escarbé en mis recuerdos, pero no pude recordar nada de la Torre del Vampiro. Sólo podía verla a ella, con sus labios de fresa y sus ademanes delicados. Su belleza, su aplastante belleza, opacaba todo el rededor, incluso lo oscurecía. No podía enfocarme en la estancia, ni el portal, ni en Luis ni en su misteriosa desaparición… sólo me enfocaba en ella, en el perfume dulce que le rondaba la carne, en sus voluptuosidades atrayentes y en sus ardorosas sutilezas. Su presencia despertó en mí un infernal llamado, acompañado de una tribulación causada por mi falta de voluntad.
—¿Acaso deseas que te bese? —me preguntó de repente, sacándome de mi lúbrico sopor y mofándose de mi miserable estado.
Me sacudí, ofendido más conmigo mismo que con ella, y dije: —¡No soy un primate que no puede controlarse! ¡Qué actitud tan presumida!
Ella volvió a esbozar una sonrisa siniestra con sus labios rojos. —¿Acaso no tengo motivos para tener una actitud presumida?
Callé, pues no pude refutar.
—¡Claro que soy presumida! —exclamó alegremente, como si nos conociéramos desde hace años. Ya no hablaba lento; de hecho, parecía que los vapores del vino habían desaparecido (o había simulado su ebriedad). —Soy bella, lo suficiente para que mis peticiones sean órdenes. Mi voz coqueta o infantil es mandato para los hombres que la escuchan. Siempre he conseguido el favor y la bendición de quien deseo, y he atraído la mirada de toda la raza humana. La belleza es poder, y la mujer que no es hermosa se torna invisible. No voy a mostrarme ante ti como la joven humilde que no sabe el poder que tiene. Las mujeres saben, por conocimiento de causa, que la arrogancia molesta a los hombres. Las mujeres que se muestran irresistibles se tornan insoportables. Ningún hombre aguanta la petulancia, aunque la belleza sea inconmensurable. Por lo mismo, las mujeres hermosas manejan una falsa modestia. Se muestran al mundo inseguras para recibir halagos, muestran inocencia donde ya han tenido amplia experiencia, dicen que son comunes cuando saben con certeza que no lo son.
—La belleza abre puertas, y ustedes se encargan de cerrarlas —le aseguré—. Al igual que el dinero a los hombres.
Ella asintió, satisfecha. —Y, no obstante, la belleza tiene sus desventajas, enormes desventajas. La belleza sin la novedad pierde fuerza, y hastía a los hombres después de un tiempo. Además, no hay ser que se sienta más solo que una mujer hermosa, pues las mujeres la repudian, la envidian y la difaman; y los hombres sólo se acercan por los azotes que les lanzan sus impúdicos deseos. Todo talento se ve empañado por su belleza, aunque el talento exista; y se ve en la penosa situación de dañar corazones. Muchos hombres, ciegos y estúpidos, creen que, porque ellos están enamorados y demuestran su amor con presentes y atenciones, van a ser recompensados. Creen que su amor debe ser recíproco porque el esfuerzo tiene sus frutos. Pero la vida real no es así: una mujer bella no está obligada a sentir lo mismo que un hombre, aunque este último se esfuerce mucho; en raras ocasiones ese esfuerzo rinde sus frutos. La mujer desea un hombre a quien admirar y respetar, no uno al cual pisotear. Y no hay que olvidar que la belleza puede cubrir las almas podridas.
—¿Acaso te sucedió algo semejante?
—Digamos que he tenido muchas malas experiencias.
—¿Y por qué hablas de las mujeres como si fueras ajena a ellas?
Ella simplemente encogió los hombros en ademán desentendido, evadiendo mi pregunta con un gesto mimado. Esto me hizo pensar que ella ni siquiera se consideraba una mujer mortal.
Ahora me sentía diferente frente a esa extraña. Ya no sentía ese deseo animalesco e instintivo; ahora la situación era más compleja, pues al ver cómo ella abría su corazón me sentí enamorado. ¡Sí, enamorado!
—La belleza. ¡Oh, la belleza! No tengo motivo para ser humilde contigo, pues la belleza me dio el dominio de esta torre. ¡Fue mi belleza la que me ayudó a derrotar a ese maldito demonio!
¿Demonio? ¡Claro, el demonio! Lo recordé todo en ese instante. ¡Ya sabía quién era esa mujer!
—Pero no derrotaste sola a ese demonio, Valane. Fueron muchos reinos los que combatieron contra él. Tú sólo te uniste a los hombres al final de la guerra.
Al escuchar su nombre, la mujer se sacudió, sorprendida. —Veo que ya me recuerdas.
Y el recuerdo fue fatal. Sabía, por lo que había leído, que ella era peligrosa. ¡Era muy peligrosa! En las Eddas magnas se mencionaba a Valane como una vampiresa que dominaba una torre en un reino ruinoso y macabro. Y ella, casi obligada por los acontecimientos, fue a la guerra contra su antiguo amo. Pero a Valane se le describe como cruel y manipuladora, inmisericorde y fatal.
Una pantalla de sudor empezó a aparecer en mis sienes, al tiempo que mi rodilla derecha empezaba a moverse en acto reflejo. Empecé a temer, pues me enfoqué de nuevo en la situación: un mundo desconocido, una torre abandonada, y una extraña muy bella, terriblemente astuta… e impredecible. ¡Me había metido a la boca del lobo!
***
—¡Vamos! Debes estar ansioso por hablar con Luis. Acompáñame —me pidió la vampira mientras se levantaba del sillón y caminaba bamboleante, cual serpiente irritada.
Yo la seguí sin discutir. Pero a medida que caminaba tras ella, y miraba su coqueto andar, sentía como mi corazón se aceleraba y la adrenalina crecía. Sentía miedo mientras caminábamos hacia lo desconocido por medio de un pasillo que cada vez se tornaba más oscuro, y una quietud terrorífica rondaba el ambiente. ¿Acaso me atacaría mientras tenía la guardia baja? ¿Me capturaría y me mantendría preso en esa torre? ¿Acaso me devoraría?
Nada de eso sucedió. Llegamos a un pequeño comedor, un poco oscuro porque sólo había una ventana delgada que dejaba entrar la luz de los soles. El espacio era gris y sólo había una mesa y cuatro sillas de madera, algunos estantes con vajillas viejas y mucho polvo y tela de araña. Allí se encontraba sentada una persona delgada, encorvada y cansada. Valane se sentó de manera delicada al lado del frágil hombre y me pidió que me sentara a su siniestra.
—Te presento al señor Luis Castelano —dijo animada, aunque en su tono percibí algo de sarcasmo. Sentí que se regodeaba en una satisfacción profana.
—Hola, Luis —lo saludé. Pero al ver su deplorable estado supe que no me podría comunicar con él.
En nada se parecía aquella pequeña y ruinosa persona al hombre que Billar me había mostrado en fotos familiares. El Luis que había viajado a la selva era un hombre pulcro, de barba tupida y alta talla. En cambio, la persona frente a mí estaba tan delgada que parecía un esqueleto forrado en una piel llena de úlceras, insana y amarillenta. Se había arrancado el cabello por completo con sus manos; dejando sólo algunos mechones aquí y allá. La barba estaba enmarañada y sus dientes desportillados de tanto chocar. Tenía sus perturbados ojos inyectados con sangre, y su mirada estaba perdida sobre la mesa, como si hubiera sido víctima de una fallida trepanación. Su boca permanecía abierta y soltaba un hilo de baba que caía lento hasta la mesa. Estaba más allá que acá.
—¿Puedes escucharme? —pregunté, intentando calmar mi alma ante esa imagen horrible.
Pero el espíritu degradado que permanecía dentro del hombre no respondió. Estaba ido, sumergido en quién sabe qué perversidades, con un racionamiento esquivo. En sus negros ojos se veía un carnaval espantoso de emociones, y sus soterrados pensamientos parecían causarle una enorme agonía. Sufría, era obvio que sufría, pero no se movía; como si se hubiera rendido al horror y al espanto, dejándose ahogar por deseos histéricos que llenaban su mente honda y fracturada.
—Es el problema de todos los visitantes —dijo Valane con fría indiferencia—. No resisten los terrores y el conocimiento que se arrastra por toda la torre.
Me sentí más aterrado todavía, a tal punto que mi respiración empezó a acelerarse. ¿Acaso yo terminaría igual?
—No creo que nuestro amigo Luis pueda responderte. Sin embargo —dijo mientras se tocaba la mejilla con su dedo y miraba hacia arriba, como quien piensa en una solución—, creo que puedo mostrarte qué sucedió con Luis.
Ya no sabía qué pensar. Sentía temor por mi seguridad, pero, dócil a causa de su imponente presencia, asentí sin dudar. —Me gustaría verlo —dije como un autómata, lejano a mi brillante razonamiento. Creo que, con su altivo porte, logró robar todas mis virtudes.
Se levantó de un salto, como una niña feliz, y fue a un espejo que tenía colgado en una de las grises y sucias paredes. El enigmático espejo era ovalado y de tamaño mediano. Tomó un trapo y empezó a limpiarlo, sacudiendo las telarañas del dorado marco y puliendo el cristal.
—Me disculpo de nuevo contigo, pues desde que los vivos visitan la torre y la creen embrujada, me es más difícil conseguir ayudantes.
—¿Vivos? —pregunté.
Pero ella me ignoró. —Mira por el espejo y el misterio del señor Luis Castelano será resuelto —aseguró mientras curvaba sus labios. Pero, aunque era una sonrisa genuina, vi en sus ojos verdes satisfacción y maldad, como un guerrero que se regodea sobre el cadáver de un vencido. Así que miré el espejo, y vi que era una ventana a mi mundo.
Me costó algunos segundos asimilar lo que veía al otro lado del espejo, un espejo envuelto en místicas blasfemias. Entonces empecé a ahogarme a causa del pavor. Mi pecho empezó a dolerme, y batió mi corazón una influencia demoníaca, anchando mis costillas con pronunciada adrenalina. Era el terror absoluto y, a la vez, la respuesta al misterio que me había llevado hasta Valane.
***
—Según veo, al igual que el señor Castelano, tú no eras muy atlético. Los cuerpos sanos son más difíciles de maldecir —me dijo la maligna Valane mientras me ponía sus delicadas manos de uñas esmaltadas sobre mis cansados hombros.
Yo permanecía paralizado, presa de un ataque de pánico. Con la poca lucidez que me quedaba, logré articular una última idea.
—Ese no es el cuerpo de Luis; esa no es la selva —dije mientras miraba el vetusto espejo.
—Tienes razón, ese es tu cuarto, y esos brazos sobre el suelo son los tuyos —respondió Valane con su suave tono de voz, cruel y a la vez dulce.
Efectivamente, lo que se veía en el espejo no era Luis; era mi cuarto. Sobre una mancha de ceniza y carbón descansaban mis dos brazos. De los codos hacia arriba no había nada más que un rastro negro como el petróleo.
—¿Estoy muerto? —pregunté. Aunque la pregunta podría sonar torpe, tenía todo el sentido del mundo para mí.
Valane miró también el espejo y dijo: —Depende. Según veo, tu cuerpo ha sido maldecido, y ahora no es más que ceniza… ¡Pero mírate aquí, de pie y animado! —exclamó mientras me acariciaba el cabello como si fuera un adolescente.
Estaba tan aterrado que no pude ofenderme por la acción. —¿Lo estoy? —volví a preguntar con voz pausada y quebrada.
Ella puso una expresión un poco más seria, y dijo con enigma: —Si ves espectros, ellos también te ven. Pero sí puedo confirmarte que dentro de poco podrás comunicarte con Luis. ¡Será una linda conversación!
—Lo que dices es que pronto entraré en ese mismo estado de locura y terror.
—Así es.
—¿Qué pasó con la niña y con el perro? Imagino que Luis abrió este portal para escapar de la selva y pedir ayuda. ¿Pero por qué había marcas de mordidas en Matilda y en el perro?
—Es obvio —me respondió, cerrando así mi derrota—. Estaban en la selva, y allí hay animales salvajes. La niña, al ver cómo el cuerpo de su padre ardía, no pudo hacer más que dejarse morir de inanición. ¿Qué podía hacer una pequeña y delicada niña en medio de la inmisericorde selva? Y su perro, siempre fiel, murió de sed y hambre a su lado. Las mordidas que tenían sus cuerpos eran de animales salvajes, merodeadores y carroñeros.
En verdad era tan obvio que dolía admitirlo. —¿Ahora qué sigue? ¿O acaso este es el final? —pregunté, con el espíritu resignado y sin alegría por resolver el caso.
—¿Final? No, no es el final. De hecho, ese es el motivo por el cual el horror toma presas en la torre. Aquí verás que el sufrimiento y el suplicio apenas empiezan. La virtud del conocimiento de la torre es, a la vez, su maldición.
—Estoy confundido.
—Te lo explicaré—. Me pidió, con un sutil ademán, que me sentara de nuevo al lado del desconectado y enfermo Luis. Luego ella se sentó frente a mí, triunfal y poderosa—. La muerte es el inicio del sufrimiento. Los humanos tienen la percepción errada de que el mayor sufrimiento es la vida, una corta vida que en tiempos cósmicos no es más que un parpadeo. La verdad es que la vida es un suspiro frente a los tormentos que guarda el universo profundo. Acaba de terminar tu descanso, pues el dolor físico no se compara con el siguiente paso. En mi biblioteca está todo el conocimiento: antes de la vida, la vida y su propósito, y la muerte. Pero no termina allí, pues vas a saber qué viene después de la muerte, qué es el vasto universo, el bosque profundo, las colosales bestias que aguardan en el abismo, los enigmáticos supremos y el horrendo y doloroso destino que les espera a quienes están hechos de polvo de estrellas… como tú.
—¿Y si no quiero saber? ¿Y si no voy a esa terrible biblioteca que contiene el conocimiento del universo?
—Todos, tarde o temprano, son arreados por la curiosidad; pues es mejor saber a qué atenerse. El excesivo conocimiento es el verdadero tormento. Por el contrario, un poco de ignorancia es garantía de cierto grado de felicidad. Pero en esta torre no puedes escapar del conocimiento, pues éste te asechará en cada rincón a causa de tu impetuosa intranquilidad. Verás aquí el rojo horizonte de eventos, el canibalismo interestelar, la voracidad cósmica y las monstruosas singularidades. Y sabrás de las abominaciones del vacío y sobre el sufrimiento inconmensurable. Lo sabrás todo, y sufrirás por ello. Te arrancarás el cabello, te sacarás las uñas contra las paredes, te arruinarás el cerebro y el terror gobernará tu cabeza… al igual que a tu amigo Luis.
Suspiré entonces, al tiempo que sentía cómo un poder omnipresente se elevaba por todo el recinto, presto a sumirme en sus hados. Sentí también un temor nauseabundo y enfermizo, temor que hizo que abandonara por completo mi voluntad.
—¿Algo más para añadir? —pregunté mientras miraba en el agónico Luis mi destino: una dolorosa lobotomía causada por conocer el tormento que me esperaba más allá de la muerte.
Y Valane, arrogante y siempre hermosa, sonrió por última vez, y me dijo con vivacidad y a la vez con fría maldad mientras abría los brazos: —¡Bienvenido a la Torre del Vampiro!