CUENTOS
Literatura Tenebrosa
He contado esa historia sólo dos veces en mi vida. La primera vez a las autoridades después del desafortunado evento, la segunda vez a mi madre como medio de desahogo y confesión; esta es la tercera (y última) vez que relataré esta historia, pues recordarla me causa un pensamiento asfixiante, un pálpito que pone en jaque mi ahora delicado corazón.
Sucedió hace muchos años, cuando aún vivía en el pueblo, alejado del mundo moderno y de la hostil ciudad. Era adolescente, un joven azotado por el acné y la inseguridad. Mi pequeña estatura no me ayudaba mucho con mi autoestima, y la timidez me alejaba de posibles amistades. Estaba condenado al aislamiento, al silencio y a la soledad.
Fue en esta difícil época cuando me lancé a las artes oscuras. Me fascinaban de manera insana las imágenes perturbadoras, el terror, la muerte y el delirio. Las voluptuosidades de lo gótico aceleraban la estancada sangre de mis venas y los pensamientos mórbidos aceleraban mi delirante espíritu. La cercanía a la muerte causaba en mí éxtasis, y la literatura tenebrosa me sacudía los nervios en un frenesí extraño y a la vez terrible.
Esta alianza entre la soledad, la timidez y el anormal gusto por lo misterioso me llevó a hacerme amigo del anciano guardia de la iglesia. Un viejo borracho y cirroso que sucumbió a la enfermedad sólo meses después del acontecimiento que aquí describiré. Con el anciano nos envenenábamos con licor algunas noches, a la sombra de la descomunal iglesia, y hablábamos de mujeres, chismes de pueblo y eventos sobrenaturales.
Por aquel excéntrico compañero me enteré de varios eventos paranormales; pero el más aterrador correspondía al espíritu de un niño que rondaba el cementerio de la parte posterior de la iglesia. Varias noches busqué ese intrigante fantasma, acompañado por Hela, una pequeña gata de ojos verdes que me seguía constantemente a cambio de algunos pequeños manjares que yo le compartía. Pero lo que hallé la noche en cuestión fue mucho peor que el recuerdo transparente de un niño desfigurado.
Esa noche la luna se mostraba como una uña de gato, plateada y aguda sobre la torre del campanario. La iglesia, un poco alejada de las casas del pueblo, ostentaba su estructura gótica como una mole construida de sombras y horror. Aquella estructura, desproporcionadamente grande para un pueblo tan pequeño, contaba con una torre de cinco niveles en la parte frontal que sostenía el poderoso y a la vez aterrador campanario. Yo había subido a él en dos ocasiones, y ahora deseo no haber subido esa tercera vez.
El viejo ya estaba ebrio y dormía plácido, y yo jugaba con Hela con una pequeña cuerda antes de irme a dormir a mi casa, cuando a eso de las diez de la noche escuché con espeluznante claridad la voz de un hombre que pedía auxilio a gritos. Aquellos gritos eran desgarradores y agitaban la enigmática quietud del camposanto. Al principio ignoré el grito, pensando que era alguna riña lejana; pero la segunda vez que lo escuché me inquieté. La gata, espantada por el grito, escapó rápida de la garita a un resguardo desconocido. Miré entonces a la iglesia, de color crema y tejas de barro, y me enfoqué en la torre del campanario, recortada con rigidez en el cielo nocturno.
Y lo escuché por tercera vez. Era inequívoco: la voz lamentable de un hombre que pedía auxilio allá arriba, cual alma en pena rogando por clemencia. Intenté despertar al viejo guardia, pero el borracho sólo volteó su cuerpo y siguió con sus sonoros ronquidos. Así que, llevado por aquella curiosidad grotesca de la que ya hice alarde, salí de la garita y me acerqué por el camino de grava hacia la iglesia. Sólo el sonido de la grava bajo mis zapatos era escuchado en ese paraje alejado y tranquilo. Caminé lentamente hacia la enorme estructura de arcos ojivales y torre altísima, armado únicamente con mi humilde linterna.
Me acerqué con cautela al atrio. En la entrada principal vi una pala y un pico sucios y recién utilizados. Aquellos utensilios no encajaron con la escena, pero no me detuve a pensar mucho, simplemente continué adelante.
Abrí la cerradura y empujé la chirriante puerta para entrar al vestíbulo de la iglesia. Apenas lo hice, sentí un extraño aliento, un frío penetrante y glacial que estremeció todo mi cuerpo. Me sobé los brazos con las manos para mitigar el frío y me enfoqué en el entorno. Allí, en medio de las tinieblas, moví la linterna e iluminé todos los contornos de los asientos ubicados en dos hileras. Al fondo era visible el modesto presbiterio. A pocos pasos vi las dos sacristías.
—¡Qué alguien se apiade de mí! —escuché en una cuarta ocasión, esta vez claro como el agua del manantial. Sentí un hormigueo en la espalda y sentí el pecho agitarse. Pensé en salir corriendo de la iglesia y llamar al viejo para que me acompañara; pero un sentimiento morboso me impulsó, casi sin desearlo, a caminar unos pasos dentro de la iglesia y abrir la puerta de la derecha. Allí iniciaban las escaleras del campanario.
Aunque no subía mucho a aquella torre (pues el esfuerzo era grande), sabía que la prodigiosa escalera tenía 160 escalones en espiral, todos con peldaños anclados al muro exterior y hechos de piedra arenisca. Eran peldaños altos, estrechos y sin barandilla interna. La torre tenía cinco niveles incluyendo la aguja que coronaba la estructura, y fácilmente superaba los 30 metros de altura; por lo que podía demorarme cinco minutos a paso acelerado en subir hasta el piso donde reposaba la tétrica campana.
Pero no subí apresurado, por el contrario, subí cada peldaño con extrema precaución, pues la incertidumbre me asechaba en aquella líquida oscuridad. ¿Qué me esperaba en la cima de la torre? ¿Acaso un alma en pena que clamaba por su expiación?
Mientras estas dudas abordaban mi cráneo, llegué al segundo nivel, desde donde la luna creciente era visible entre las nubes a través de la rosácea, aquella ventana enorme y circular que servía como ojo ciclópeo del edificio que ahora me inmolaba. Contemplé el astro plateado por algunos segundos, pero el nervio me espoleó y avancé al tercer nivel.
Allí sólo había maquinaria: travesaños de madera, ejes de la campana y engranes antiguos. Pero desde allí era perceptible el sonido del jadeo. Alguien se agitaba en el piso superior, al tiempo que la madera crujía por el peso de algo, y ese algo parecía moverse, lento y sigiloso, como quien no quiere ser encontrado. Todo esto causó en mí una proliferación de terrores.
Dudé en seguir el ascenso. La linterna me temblaba en la mano sudorosa y mi respiración cada vez era más errática, pero ya había llegado muy lejos; así que subí los últimos peldaños y me topé con la puerta que daba al campanario. Cuando me acerqué y la iluminé sentí el lloriqueo de algo al otro lado.
—¡¿Hay alguien ahí?! —pregunté, pues la anticipación disminuye la incertidumbre y el miedo. Y, para mi desasosiego, respondieron.
—¡Por favor, sálveme! —respondió la voz de un hombre al otro lado de la puerta.
La puerta no tenía cerradura, sólo contaba con un pasador en la parte exterior. Empujé la puerta con cautela e iluminé la estancia. Allí, en el cuarto nivel del campanario, la torre estaba destapada. El viento me golpeó helado y con inclemencia, agitando mi cabello. La sombra de la campana imperaba en el medio, y tres de las cuatro paredes estaban formadas sólo con arcos puntiagudos que sostenían el agudo pináculo. Un pequeño parapeto bajo era la única y escasa protección en esas alturas.
Y, agazapado y rígido en un rincón, se encontraba un hombre barbado, sudoroso y esperando lo peor. Sus ojos desorbitados me miraban con un terror simplemente indescriptible, y jadeaba con un estertor que reflejaba un ataque de pánico.
Él me miró y preguntó con voz apresurada: —¿La vio? ¿Sigue allí?
Yo negué con la cabeza. —¿Quién? —le pregunté mientras intentaba reconocer al temeroso hombre. Era un pueblo pequeño, por lo que todos nos conocíamos.
—A la vieja. La que está en la entrada de la iglesia, allá abajo —me respondió con voz entrecortada.
Meneé de nuevo la cabeza. —No hay nadie abajo —le dije, aunque en ese momento recordé el extraño frío al ingresar a la edificación. ¿Tendría ese hálito algo que ver con lo que decía el extraño?
El hombre, débil y recogido como un enfermo, se levantó del rincón con lentitud y se acercó a mí. —¿Seguro?
—Estoy seguro.
Entonces lo reconocí. Era un hombre religioso, doméstico y de vida tranquila, que había perdido a su madre días atrás a causa de la vejez. No tenía mujer ni hijos, y su anciana madre era lo único que tenía en esta vida. Todo encajó para mí en ese momento: lo vi frágil y atormentado por la pérdida y el luto. Le di mi mano y lo invité a bajar conmigo. El hombre asintió, pero apenas salimos a la descendente escalera miró por el hueco interno de la espiral y lanzó un grito de espanto.
—¡Allá viene! ¡Viene subiendo!
Yo me apresuré a iluminar las escaleras allá abajo, moviendo el rayo de luz de lado a lado, buscando apresurado algún espectro; pero no vi nada.
—¿Dónde? —pregunté.
—¡Allá! —respondió el hombre mientras me quitaba la linterna e iluminaba un sitio en específico. Permaneció un tiempo con la linterna, moviéndola lentamente, como quien de verdad ilumina algo que avanza con constancia. Pero yo nada veía. El haz de luz seguía el camino de la escalera, con una lenta trayectoria de ascenso que poco a poco se acercaba, ya llegando al tercer nivel. El hombre no aguantó más, me dio la linterna y se lanzó de nuevo al interior del campanario, aterrorizado.
Tomé de nuevo la linterna y miré la escalera rincón por rincón. Y, aunque no veía nada, empecé a imaginar horrores a causa de la sugestión. La azarosa forma del campanario empezó a dominarme, las escaleras empezaron a palpitar entre sombras, abombando el negro abismo entre las escaleras de caracol.
Desde allí el fondo de la torre se perdía en las oscuras profundidades. Los sonidos se empezaron a apagar en ecos allá abajo, sonidos que no carecían de intención, ecos que no buscaban el anonimato, crujidos amortiguados enfocados y bien definidos que se acercaban lentamente, peldaño por peldaño. Todos esos ruidos, esas presencias, esos horrores empezaron a hablar en una lengua extraña, particular y tenebrosa. Ahora era obvio para mí que algo se acercaba, algo subía lenta y sigilosamente, aunque no podía verlo con la linterna.
Entonces, preso de retorcidas suposiciones, ingresé al campanario y cerré la puerta sin pasador, al tiempo que imaginaba un espectro envejecido con deformes miembros, un fantasma translúcido que pertenecía a la misma estructura, al mismo campanario. Debo admitir que en ese momento del campanario rezumaba algo denso y grotesco.
Y mientras esa «cosa» ya rondaba el nivel inmediatamente inferior al nuestro tuve cierta lucidez para obtener más información. Me dirigí al hombre, que permanecía agazapado y en constante alerta entre ese oscuro entorno.
—¿Dónde la vio? ¿Quién es?
—La vi en el portón de la iglesia las dos veces que bajé, asechándome, después de desenterrar la tumba.
—¿La tumba? ¿Cuál tumba?
—La amaba. Extraño la comida caliente y hecha con amor. Extraño sus abrazos y sus consejos. La extraño tanto —dijo ensimismado, casi en un susurro.
—¿A su madre? ¿Era la tumba de su madre?
El hombre, embriagado por el miedo, no respondió.
—¡¿Desenterró a su madre?! —insistí.
Pero el hombre sólo meneaba la cabeza, mudo de pánico.
—¡Dígame si el espectro es su madre!
En ese preciso instante la puerta se abrió de un golpe, causando un estruendo aterrador. El hombre, presa del terror, gritó con todas las fuerzas de sus pulmones y se lanzó hacia el vacío por entre los arcos expuestos del campanario. Yo sólo pude ver la puerta abriéndose con ímpetu, y después volteé hacia el hombre, del cual sólo vi la parte superior mientras se lanzaba hacia su muerte, y finalmente yo mismo grité para calmar aquel pavor que ya me había rebosado.
***
La visión que más me asedia, incluso ahora en la vejez, es el ver al hombre allá abajo, tendido sobre el suelo, mientras mugía y se encogía en posición fetal. Vi, estupefacto, cómo la vida lo abandonó, convirtiéndose en poco tiempo en una cruz más en ese cementerio que nos rodeaba, brumoso y con la luna creciente como testigo.
Y esa terrible imagen me permite realizar cierta reflexión: la mente es cruel, mucho más cruel que la realidad. La anticipación de las tragedias, la aplastante ansiedad y el pensar en exceso son espectros horripilantes que dañan más que los espectros en sí. A menudo, la inquieta mente desfigura y pervierte una realidad que no ha sucedido, y magnifica problemas que, en ocasiones, nunca se materializan. Esto lo sabía muy bien Confucio, Epicteto y Séneca. Y, después de los sucesos de aquella noche en el campanario, puedo decir con propiedad que «quien piensa mucho sufre dos veces».
La tendencia que tenemos a anticiparnos a los problemas causa un estado de alerta que en ocasiones nos supera. Esas escaleras daban una vía de escape, no un refugio. Y esa vía de escape de repente fue «bloqueada» en la mente del suicida. El campanario se tornó una región desconocida en su cabeza, la atmósfera de suciedad y podredumbre que percibió lo impulsó al salto, y sólo el vacío le dio un escape al horror. Esa anticipación causó en él la descomposición de su espíritu, obligándolo a actuar de forma errática. ¿Pero a qué se enfrentaba? ¿Qué vio él al abrirse la puerta? ¿Y qué vi yo al abrirse la puerta? ¿En verdad era un espectro de una anciana que quería venganza?
Tuve que dar muchas explicaciones después del evento; pero el salto del hombre, impulsado por una ansiedad enorme, fue una acción vana. Sí debo admitir que sentí terror esa noche, un terror pegajoso, contagiado por aquel desvariado hombre. El ambiente, los gritos, el jadeo y los sonidos extraterrenos cambiaron los contornos de aquella torre a monstruosas dimensiones, y la falta de luz ahondó todos los miedos aquella noche.
Pero la presencia de aquel terror llegó primero a la imaginación que a los ojos; pues quien abrió la puerta no fue un alma en pena que deseaba esparcir el caos por todo el campanario; quien abrió la puerta aquella fría noche fue Hela, la gata, buscando algún pasaboca que yo le pudiera regalar, y mirando altiva e imperturbable la sombra de aquel que se lanzaba hacia el vacío.