Juan Esteban Peláez

CUENTOS

Jörmungandr

Jörmungandr y el Mar de los Olvidos

Literatura Tenebrosa

***

Aunque tengo una enorme presura de acabar este texto antes de llegar a tierra firme, me gustaría iniciar este extraño escrito citando la maravillosa obra de Salvador Dalí, en específico La Persistencia de la Memoria, una pintura sublime que tuve la oportunidad de ver en el MoMA de Nueva York. Es un cuadro pequeño pero creado con especial maestría. Lo que más deseo resaltar es el significado, aquellos relojes endebles y casi líquidos, relojes que muestran la fragilidad de los recuerdos, el “seguro” rozando con el “¿quizás?”, el “sucedió” luchando contra el “creo que sucedió”. Dalí muestra en su obra que no somos certeros al memorizar, y, aunque somos todos los hombres pasados y seremos todos los hombres futuros, es un milagro que logremos transitar en esta vida con tan desmemoriadas sutilezas.


Allí, donde la memoria se torna leve, entra la maravillosa escritura. Es ella quien torna firme los relojes de Dalí. La escritura, esencial y poderosa, es la que nos permite ser todos y nos permite dejar un cimiento de lo que seremos. Es la escritura un portal magnánimo que trasciende los sentidos, y a la vez una musa que me permite el registro de esta historia con quirúrgico detalle; aunque sea una historia rebosante de traumas y terrores. Este escrito es, a mi modo de ver, la única forma de preservar lo que olvidaré con seguridad; pues ya no confío en mi efímera mente. Y no me refiero a una enfermedad que degrada mi cerebro, como se podría deducir con mis palabras; el fango en mis recuerdos es algo mucho más profundo y tenebroso.

El origen del horror inicia con un colmillo encontrado por un pescador y llevado a la Universidad del Pacífico, donde se le realizó una profunda investigación guiada por varios biólogos marinos. Un simple y afilado colmillo puede revelar mucho de su amo, pero no se requería grandes estudios para ver la magnitud del hallazgo: era del tamaño de mi brazo, más enorme que el de cualquier saurio, y agudo como el de las anacondas del Amazonas. Ninguna bestia conocida por la ciencia era tan colosal como para presumir tan enorme mandíbula. Y, para desconcierto de todos los biólogos, se determinó que era uno de los colmillos más pequeños de la imposible dentadura.

Sé de estos increíbles estudios y de esta investigación porque yo mismo he visto el enigmático colmillo, pues soy profesor de esa universidad y estoy en mi proceso de doctorado. El encontrar el críptido dueño de ese colmillo se volvió una tentación convertida en propuesta de tesis. Así que, sin dudarlo, empecé a ahondar en los eventos alrededor del hallazgo. De esta manera me enteré de varios sucesos desconcertantes que, aunque inconexos en la superficie, causaron en mí cierto interés.

El colmillo fue hallado en las costas de la Playa de Jovi, en el pacífico meridional. Sólo dos meses atrás se había informado sobre una embarcación encallada en la misma playa, sin tripulación alguna. Después de algunas pesquisas se llegó a la conclusión de que ese pequeño bote había zarpado con tres tripulantes. Todos habían desaparecido sin dejar rastro. Ese mismo año, varios marineros aseguraron haber visto “olas monstruo”, olas de más de quince metros de alto producidas de la nada. Estas olas son un fenómeno poco usual, pero bien documentado alrededor del mundo; y no tienen explicación de su origen o motivo.

Tres años atrás, en las costas japonesas, otra embarcación fue hallada vacía, sin tripulación ni indicios de violencia por parte de alguna banda de piratas. El reconocido biólogo Himori Hikiko escribió un polémico artículo sobre el suceso, asegurando que “algo” había inducido a la tripulación a lanzarse al océano. Tomé el artículo de Himori como punto de partida para mi tesis.

Después de investigar sobre otros dos extraños naufragios y otro arribo fantasma en costas pacíficas, mi radar apuntó de nuevo a la Playa de Jovi. Así que me dispuse a iniciar allí mi excursión. Mis ahorros me permitían como máximo cinco excursiones a mar abierto, y la universidad me recomendó contactar con Basilio, un antiguo estudiante de la universidad que se había radicado en Jovi. Con parte de mi plan listo, me dispuse a iniciar mi espeluznante aventura.

***

Llegué a Jovi a mediados de septiembre. La playa es un paraíso en la tierra: arena blanca y suave, un mar cristalino y de varios tonos azulados, y un cielo despejado y hermoso. Alrededor de la playa se levantan montañas repletas de vegetación, y en los bordes de las montañas se abren varios manglares. El cantar de las aves me impactó, pero poco a poco me acostumbré, casi hasta sentirlo como un arrullo de la naturaleza circundante. El sol allí es rudo, pero la brisa amaina el bochorno.

En Jovi me reuní con Basilio, un mulato de casi dos metros de altura. Aunque su porte era imponente, era muy amable, un gran anfitrión y con una personalidad magnética. Me recibió con un delicioso jugo y me presentó a sus compañeros. La tripulación la componía el joven Joan, un moreno de tan sólo quince años que sufría de tartamudeo. Cuando Basilio lo presentó, el niño no pudo articular ni una sola palabra a causa del nerviosismo. Estaba ansioso de que lo recibiera en la expedición, pues muchos lo juzgaban por su forma de hablar y lo excluían.
Pero Basilio lo recomendó sin dudar. —Lo creen estúpido en el pueblo; pero el chico es un navegante nato. Lee las olas y las estelas como quien lee un libro, y tiene sentidos de orientación agudos y penetrantes. Es un buen navegante —dijo sin rodeos.
Así que lo admití en la tripulación sin dudarlo.

El último tripulante era Frank, un pescador tímido y ya veterano que conocía bien el mar circundante. Según Basilio, Frank conocía bien los horrores indecibles del océano, y tenía cierta idea de dónde podríamos encontrar a la bestia dueña del enorme colmillo. Entonces hicimos los preparativos para la excursión y concluimos que el próximo sábado era ideal para iniciar nuestra atípica búsqueda.

Zarpamos en nuestra primera excursión el sábado 27 de septiembre, vivaces y animados por encontrar a la criatura. En mi excitado delirio, le puse un nombre a la travesía: “La búsqueda de Jörmungandr”. Decidí ese nombre en homenaje a la Serpiente de Midgard, el monstruo de la mitología nórdica que lucha contra Thor al final de los tiempos. Pensé también en el Leviatán o en el Kraken; pero Jörmungandr me pareció más adecuado, pues el colmillo indicaba que el animal que buscamos es una serpiente. Aclaro que no estaba buscando un monstruo mitológico, pero si el dueño del colmillo existía, muy probablemente sería la inspiración del mito.

Las primeras horas fueron animadas, pero rápidamente el tedio empezó a zarandearme al igual que las olas al barco. El ánimo mutó en mareo, y lo único relevante que recuerdo de ese día fue el ver unos pocos delfines alejándose de nosotros. El dinero del primer intento fue dinero dilapidado. Sin embargo, después de tal búsqueda, Basilio desapareció.

El enorme Basilio no se presentó ni a la segunda ni a la tercera expedición. Su mujer, preocupada, nos pidió información; pero nosotros nada sabíamos de su paradero. No había sido visto en Jovi después de la primera búsqueda, y no recordábamos que hubiera mencionado algún destino en particular. Durante esos días nada se supo de nuestro compañero, aunque varios lo buscamos tanto en tierra como en mar.

La segunda y la tercera excursión fueron iguales de aburridas que la primera. Los gastos me estaban consumiendo, por lo que mi preocupación empezó a incrementarse. El joven Joan, tartamudo, pero sagaz, inspeccionaba el agua con los sonares, y su vista aguda podía determinar si algún animal grande se acercaba al barco; pero siempre eran ballenas que migraban al sur. Frank, seguro de que en esas coordenadas se escondían enormes animales, aseguraba que allí encontraríamos a nuestro Jörmungandr; pero todo fue en vano… hasta la cuarta excursión, la misma en la que me encuentro en este momento, escribiendo con la poca calma que el terror aún no me arrebata.

***

Quiero enfatizar con vehemencia que no estoy loco ni estoy delirando. Por el contrario, soy un hombre de ciencia y, por ende, escéptico. Lo que voy a escribir sobre la cuarta expedición fue lo que sucedió. Y supe entonces de la suerte de los turistas y del amable pero desdichado Basilio.

Salimos de la playa en horas de la mañana. El hermoso mar nos recibió cristalino y con un susurro suave y una marea tenue. Las gaviotas volaron cerca del barco y las nubes blancas se abrieron, dejando el mundo a merced del radiante sol. La mañana dorada era muy agradable, indiferente al fatuo transcurso del día. Navegamos por cinco o seis horas hacia el occidente, hacia las coordenadas indicadas por Frank. Allí nos topamos con una embarcación llena de turistas que deseaban ver la migración de ballenas. Al parecer, el motor del bote había fallado, pues dos de los tres encargados luchaban por encenderlo. La lancha era larga, con quizás veinte o treinta personas a bordo.

—Don… don… Leo… deb… debemos ayudarlos —dijo el joven Joan con trabajo mientras apuntaba al barco de turistas. Al tiempo que se intentaba acomodar el chaleco salvavidas, pues una de las correas se había enredado. No era la primera vez, pues en las excursiones anteriores Joan había tenido el mismo problema con el mismo chaleco.
Yo asentí y le pedí a Frank que nos acercáramos. Intenté desabrochar el cinturón de seguridad que me tenía sujetado al sillón, pero tenía un broche muy duro. —¡De nuevo este maldito cinturón! —dije intentando soltarme. En ese preciso momento inició una pesadilla engendrada por la talasofobia.

Al principio fueron los niños quienes empezaron a llorar de manera descontrolada, atemorizados por algún miedo instintivo e inexplicable. Casi de inmediato sus madres empezaron a gritar, presas de un terror desconocido. Los gritos nos llamaron la atención. Y vimos que, coordinados, tres hombres se levantaban de las sillas y se acercaban a los costados de la lancha. Quienes estaban cerca los retenían, pero todos empezaron a forcejear, casi a luchar.

Los gritos empezaron a aumentar, cambiando la furia por el pánico. Los primeros en saltar al agua fueron los dos hombres que intentaban reparar el motor. Después otros tres hombres, después las mujeres con sus hijos en brazos. Todos, presos a un acoso salvaje y enturbiado, lloraban, aullaban y gemían. Entonces unas nubes grises y embrujadas ocultaron momentáneamente el sol y taparon el cielo, y tornaron el mar gris y terrorífico (pues el mar es el espejo del cielo). Una brizna suave y anormal empezó a caer sobre nosotros, mientras mirábamos con indescriptible terror cómo las personas, ya en el agua, se apresuraban a quitarse los chalecos salvavidas, desabrochándolos como si estos les quemaran la tierna piel. Y los padres y las madres despojaban a los infantes de sus chalecos, sólo para después despojarse los propios y dejarse devorar por las aguas.

En medio de tal delirio, escuché a Joan gritar, preso del mismo hipnótico embeleso. Era un grito de miedo y espanto. Y, tartamudeando palabras inentendibles, el aterrado niño se lanzó hacia el cruel mar. Frank, casi asfixiado por el horror, permaneció acurrucado e inmóvil cerca del timón. Sus lágrimas salían sin cesar de sus ojos cerrados y parecía rezar; pero no gritaba. Entonces sentí un impulso fanático de vociferar. Y le grité varias veces a Joan, no para evitar que saltara, sino para rogarle que me esperara; pues yo también deseaba saltar y hundirme en el interminable Pacífico, y ser tragado por sus mareas infinitas; pues el océano, extenso y antiguo como es, es el mayor cementerio de la tierra.

Pero en un golpe de suerte, el cinturón de seguridad que tanto maldije evitó esa terrible manía. Intenté desesperado desprenderme del asiento, mientras gritaba horrorizado por quién sabe qué maleficio. Mis lágrimas salían y mis alaridos ahora roncos se unían a los de los turistas que seguían lanzándose desde la lancha; como si tal nave los vomitara hacia los peligros marítimos.

Y, de repente, todo cambió, cual espejismo exquisito y a la vez inquieto. En segundos todos los colores de mi entorno cambiaron y se cromaron, y el cielo se tornó blanco, y el mar se tornó negro como el petróleo. Me sentí al interior de una perturbadora fotografía en negativo. Ahí la vi, intensa y tan enorme que la vista no me alcanzaba para abarcarla. El monstruo estaba exactamente bajo la lancha de turistas, o sólo un pedazo de él, pues era gigantesco y desproporcionado. Sólo alcancé a ver su enorme cola, semejante a la de una ballena mítica. Pero era una visión onírica y casi obscena. Podía verla bajo el agua negra, pues su silueta era albina y horrenda. Era, en efecto, una serpiente marina, tan grande que sólo el océano podía albergarla. Y nuestros cuerpos no serían para ella más que plancton. Pero la escamosa bestia, designio ominoso de ídolos antiguos, desprendía un humor extraño, como si envenenara el agua y el aire a su lento paso. Su virtuosa aura era tan poderosa que sentí cómo mis dientes se caían y cómo mi cabello moría, dejándome calvo en ciertas partes de la cabeza. La sangre brotó por mi nariz y sentí cómo la náusea trepó hasta mi garganta; pero no pude lanzarme al agua a causa del imperfecto cinturón de seguridad.

La visión a blanco y negro duró sólo unos instantes. Cuando la conciencia volvió a mi cabeza, ahora desprovista de cabello, vi que las aguas se habían calmado, las nubes se habían disipado y el sol brillaba poderoso sobre nosotros. Las aguas saladas se encontraban en calma, una espeluznante, y la lancha de turistas ya no tenía turistas. Varios salvavidas flotaban sobre las aguas, vacíos de usuarios, y el bote danzaba de forma espectral. Ya no se escuchaban gritos ni llantos… no se escuchaba nada.

Entonces escuché unos gritos: —¡Don… don… Leo…, don… por favor ayu… ayúdeme!
¡Era Joan, y estaba vivo! Me apresuré a mirar a Frank, que también tenía sangre en la nariz, pero estaba vivo.
—Señor Leo, le juro que la vi, y era blanca; y ahora lo recuerdo todo —me dijo el viejo mientras respiraba con agitación.
Pero le interrumpí. —Yo también ya recordé todo, pero por ahora ayudemos al niño —le pedí.
Joan fue salvado por el imperfecto en su salvavidas. La cuerda que se había enredado había evitado que, en su ataque de pánico, lograra desabrochar el chaleco. El niño había perdido dos dientes, pero era un precio pequeño que pagar a comparación de toda una vida aún por vivir.

Cuando ya estuvimos los tres en el barco, nos miramos, indagamos y supimos qué tan voluble es la memoria, pues atamos cabos y recordamos todo.

***

Decidí añadir al título de este escrito: “Y el Mar de los Olvidos”, pues me pareció bastante acertado tal nombre. ¿Por qué?, se preguntarán. Es sencillo: este mar y nuestra horrible Jörmungandr producen eso… olvido.

Frank, Joan y yo recordamos eventos que olvidamos por completo en nuestra primera expedición. Aquel sábado, después del mediodía, vimos cómo una estela taimada formó sutiles olas cerca de nuestra embarcación. Varios delfines nadaron espantados para alejarse de nosotros, al igual que cientos de peces de todos los tamaños. Entonces la vimos: pasó cerca de nosotros, enorme y coriácea, colosal y de tonalidad cadavérica. El vaho que la rodeaba nos invadió por las narices y las bocas, y causó en nosotros convulsiones y hemorragias. Y todos empezamos a gritar de manera insana e irracional, formando un coro compuesto por Las Furias.

—¡¿Qué sucede?! —exclamó Basilio mientras mostraba temor en su rudo rostro.
—¡No lo sé! —dije mientras miraba cómo Joan y Basilio se levantaban de los asientos, prestos a lanzarse al agua.
—¡No quiero! ¡No quiero! —gritaba Basilio repetidamente, aterrado, mientras un impulso invisible y más allá de la lógica lo empujaba a las azules profundidades.
Tras de él estaba Joan. —¡Don... Leo... no puedo detenerme! —decía mientras temblaba. Parecía un acólito enceguecido. El horror se veía en sus ojos, abiertos y grandes como platos.
Sólo instantes después me poseyó el mismo espantoso deseo. Mi cabeza divagó y un extraño mareo abordó mi cráneo, como si un veneno hubiera infectado mi cabeza. Mis manos, ajenas a mi control, empezaron a buscar el broche del cinturón. Pero el bendito cinturón se trabó y me salvó, amarrando mi cuerpo autómata al asiento y evitando el sofocante ahogo.

No obstante, y lejano a mi suerte, el buen Basilio, incapaz de dominar su propio cuerpo, se lanzó al agua. Sólo escuché el grito momentáneo, seguido por un burbujeo ahogado y, después, el silencio; sirviendo así un nuevo sacrificio a la bestia. Joan se lanzó tras él, llorando y pensando que su vida había terminado; pero, al igual que hace unas horas, el chaleco salvavidas le jugó una buena pasada, amarrándose de manera extraña a su cuerpo; y lo salvó. Esos dos objetos, inanimados, pero benignos, salvaron dos vidas, ¡Y dos veces! Y Frank, presa y a la vez protegido por el miedo, se paralizó del temor apenas la bestia apareció, por lo que su cuerpo no respondió y quedó acurrucado, cual estatua invulnerable de mármol.
Ese mismo día vimos cómo otra embarcación con dos pescadores padecía el mismo horror. Los dos humildes hombres, desesperados por la imponente presencia del engendro, se lanzaron al agua y dejaron su nave a la deriva; pero como no eran oriundos de Jovi no fueron reportados como desaparecidos (no en ese momento).

¿Cómo pudimos olvidar tan espantosos actos? ¿Cómo borramos de la cabeza tan traumáticas experiencias? No lo sé con certeza, pero las olvidamos en el instante en que llegamos a la costa, y sólo las recordamos cuando volvimos a encontrarnos con el monstruo.

Ése es su poder. Quizás esa serpiente gigante ha sido avistada muchas veces por muchos marineros, que simplemente la olvidan apenas pisan tierra firme. Ella es la causa de que las embarcaciones arriben vacías a las costas, y el motivo que cita Himori en su controversial artículo.

Y me pregunto: ¿qué somos sin memoria? Sin recuerdos no somos más que cascarones que divagan día a día bajo una tenue bruma. Ése es el motivo por el que escribo este texto, pues sé que apenas llegue a la costa los tres lo olvidaremos todo. La lancha de turistas no será más que un “desafortunado naufragio”. Basilio seguirá desaparecido, y su mujer y sus tres hijos seguirán esperándolo con impaciencia y anhelo. El enorme colmillo seguirá sin dueño y nosotros, ahora calvos y desdentados, seremos víctimas de alguna extraña enfermedad, independiente a nuestra tortuosa búsqueda.

Escribo esto antes que el olvido me gobierne, tal y como ya me gobernó días atrás. Escribo, apresurado, sobre esta cuarta exploración, como impoluta bitácora, para que persistan los hechos, aunque se desvanezca la memoria.




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