CUENTOS
Literatura Tenebrosa
¡Qué mejor que una misteriosa lunada para calmar el hambre de terror! El antojo a lo desconocido, el estremecimiento ante la sorpresa; todo era más gratificante con el encender de la hoguera, la luna allá arriba y el vino abundante. Asistí a varias de ellas, cargadas de historias oscuras y a la vez sugestivas, dignas de los amantes del terror. Pero hubo una en especial que recuerdo con cierto malestar. En aquella ocasión los jóvenes contaron algunas anécdotas sobrenaturales, unas efímeras y sin sentido, otras repetidas; pero hubo dos en especial, contadas por dos jovencitas, con una mágica expresión de lo tenebroso que me impactaron sobremanera (una historia más que otra).
La primera adolescente, de cabellos rubios, labios rojos y cadenas sobre ropas de cuero, mostraba un aire rebelde y altanero. Contó, sin escrúpulos, cómo emulaba retos paranormales en su casa; casi siempre vacía por el constante viajar de sus padres. En una oportunidad, dijo, ejecutó cierto rito espeluznante. Debía hacerse después de medianoche, y necesitaba un muñeco de trapo y una bañera.
—A la una de la madrugada apagué las luces y encendí una vela en el baño —dijo mientras miraba el rostro de todos los presentes entre las crepitantes llamas—. Entonces rellené el muñeco con uñas y arroz, lo sumergí en la bañera llena de agua y lo apuñalé con un alfiler. Apagué la vela y salí corriendo a esconderme. Debía permanecer escondida por solo cinco minutos, pero debo confesar que fueron la eternidad —miró la luna y suspiró, mientras se frotaba las manos con seña nerviosa.
»Solo instantes después sentí el olor a muerte, uno que no es frecuente, pero que todos los humanos identificamos, pues está impregnado en nuestro ser. Y escuché, de manera inequívoca, el sonido del agua rebosante. Escuché, lentos y taimados, los pasos acolchonados que me buscaban por toda la casa, ora lentos, ora presurosos; pero siempre atentos. Eran sonoros, pero tenían singular precaución. Nunca sentí tanto miedo. Mis lágrimas escaparon, mi pecho dolió, mi corazón ansiaba escaparse de mis costillas.
»Y el infinito se expandió en medio de la oscuridad durante esos cinco minutos. Cuando la alarma sonó salí apresurada y encendí todas las luces. Encontré el muñeco de trapo mojado sobre mi cama. Nunca más volví a invocar esas fuerzas oscuras.
—Es una excelente historia, digna de esta lunada; pero espera escuchar la mía —dijo una segunda adolescente, de cabellera oscura y labios y sombras negras. Un aura extraña la rodeaba, casi glacial, y su tez blanca la acercaba al arquetipo de la astuta vampiresa. Vestía un abrigo largo y ropas negras. Mostró entonces su mano adornada de anillos, como quien presume una medalla de honor, y añadió: —Esta es la prueba de que lo que relataré hoy fue verdad.
Después nos mostró una foto extraña, antigua y de colores sepia. En ella había una familia: un hombre delgado con una barba deshilachada. Sonreía, por lo que podía verse una escasa dentadura que solo presumía cinco dientes en la parte superior. Su tez estaba curtida por el sol y sus manos callosas lo delataban como un campesino trabajador. A su lado se encontraba una joven, casi una niña, de cabellos negros y piel blanca. Tenía una mirada triste y pensativa. Vestía una jardinera y ponía sus delicadas manos sobre los hombros de sus dos hijos. Eran dos varones, gemelos, y miraban la cámara con especial atención. De ambos nacía una mirada perturbadora y maligna. En la parte posterior de la enigmática foto se podía leer en letra cursiva el siguiente texto: “Cielo, Salto del Tequendama, miércoles 6 de junio 1956”.
—No sé si aquella campesina se llamaba Cielo, pues nadie sabe dónde vive ahora, ya que está muerta, o si simplemente era una referencia al cielo físico o espiritual; pero es una coincidencia terrorífica. ¿Acaso todos en la familia irían al cielo? Quizás quien marcó esta foto sabía de antemano el horror ocurrido en esa familia, un horror que se desató feroz solo tres días después a causa de una infidelidad.
Todos, claramente interesados, nos acercamos más alrededor de la hoguera, ignorando el frío y tomando un poco de vino. La voz dulce de la pálida joven parecía hipnótica.
—Después de enterarse de la traición, la mujer, llevada por un furor virtuoso alimentado por la humillación, envenenó a su marido durante la cena. Al darse cuenta de la gravedad de su acto, y sabiendo que no tenía escapatoria alguna, se lanzó hacia sus hijos. Llevó a los gemelos al sótano y allí los obligó a beber las pócimas hasta matarlos. Finalmente, y presa del delirio y del espanto, la mujer deambuló un par de horas, descalza, y se lanzó a la fría cascada. «Un salto al cielo», o «el salto de Cielo». No lo sé. Su cuerpo fue encontrado a las faldas del Salto, y, aunque con mi hermano buscamos su espíritu en dos ocasiones, no lo encontramos… ni a ella ni a ningún fantasma. Sé que muchos espectros transparentes y silenciosos merodean aquellas laderas (pues el Salto del Tequendama presume gran cantidad de suicidios, cual demonio de agua engullendo almas), pero mi historia no se desenvuelve en la rauda cascada, sino en la casa donde ocurrió la terrible tragedia.
»Debo mencionar que mi hermanito y yo siempre fuimos amantes del terror. Aunque menor, siempre fue más temerario. Me encantaría que él estuviera aquí para narrar los oscuros sucesos en esa casa arruinada, aquella desapacible casa que aborda recuerdos de cosas inexpresables; pero deberán conformarse con mi punto de vista.
»Ahora bien, nos aventuramos a la casa guiados por los rumores rurales. Se decía que en aquel enfermo lugar se escuchaban ruidos y se veían deambular fantasmas; pero que solo eran visibles con la luz de las velas. Por ello guardamos las linternas en el umbral de la entrada y encendimos una vela cada uno.
»Inmediatamente la casa tomó un aspecto monstruoso y desfigurado, lanzando al aire un terror que todo lo consume. Las fucsias rojas se escondieron, y las negras ventanas parecieron parpadear por el movimiento de los cedros cercanos. La edificación se elevó más frente a la luz dulce, voraz entre el musgo y los frondosos encenillos. La niebla del Salto cubrió las montañas como sutiles mortajas, y velos de sombras aparecieron a nuestro alrededor, advirtiéndonos que, si íbamos a entrar, no lo hiciéramos a la luz de las velas.
»Pero nosotros, aventureros e inmaduros, entramos con sigilo y ansiedad, omitiendo que allí se había desatado tal brutalidad. El interior estaba desvencijado, regalando secretos al olvido. Un olor a madera podrida, moho y herrumbre nos golpeó las narices como un fétido hálito. Los pocos muebles allí estaban cubiertos por el polvo y la polilla, y el yeso de las paredes había caído. Las velas alumbraron casi todo el rededor.
»Avanzamos con lentitud, escrutando cada rincón. Pasamos por la vieja sala, el comedor y el sucio baño. Cuando llegamos a la cocina, algunos utensilios lanzaron sombras monstruosas que llenaron nuestras cabezas con increíbles y miedosas alucinaciones; pero nada fue visible allí.
»Entonces ambos miramos la escalera descendente que seguramente llevaba al asfixiante sótano, sitio de la muerte de los gemelos. Y, sin decir palabra alguna, nos pusimos de acuerdo y empezamos el descenso.
»La chirriante escalera generaba un eco que parecía retumbar por todas las montañas, eco que alimentaba nuestra ansiedad. Allí abajo todo nos pareció más oscuro, más miedoso. Había algunos muebles viejos y húmedos, y la maleza ya estaba abriendo algunas tablas de las paredes.
»Y, en el rincón más lejano, donde la luz de la vela no llegaba aún, me pareció ver algo, sí, algo más oscuro que el entorno. Permanecía inmóvil, como si no quisiera ser visto. Empecé a temblar. La vela en mi mano empezó a moverse, sacudiendo la llama de un lado a otro, quitando y poniendo sombras alargadas aquí y allá. Mi hermano no había visto la figura, pero notó mi nerviosismo. Me miró al rostro y siguió mi mirada hasta el rincón. Así que él, valiente, se acercó a ese misterioso borde, y ahí la vimos.
»Las llamas de ambas velas parpadearon al tiempo. Estaba allí, de pie, podrida y atroz, con los cabellos negros mojados y pegados al rostro ceniciento. Era ella, la mujer de la foto. Estoy segura de eso. Pero bastó el parpadeo de las velas para que desapareciera de repente, como si en solo instantes hubiera atravesado la pared.
»No pude aguantar el grito. Creo que mi chillido fue escuchado por todo el lugar, rebotando entre los árboles maltratados por el viento. Mi hermano también lanzó un gemido temeroso al escucharme. Salí corriendo de ese opresivo sótano, aterrada, incapaz de seguir con aquella nocturna travesía. Mi hermano corrió detrás de mí, agitado y asustado.
»No obstante, cuando yo estaba frente a puerta principal sentí que mi hermano se detenía. “¿Lo escuchaste?” me preguntó con el rostro blanco como el de un cadáver. Yo negué con la cabeza. “Dijo que era una maldita” añadió él con voz débil y entrecortada. Entonces miró la escalera que estaba a su izquierda, la misma que llevaba al segundo piso, donde estaban las habitaciones de la familia.
»Debemos irnos, le insistí bastante alterada. Casi le rogué. Aún tenía la imagen de esa mujer espectral del sótano, y temía que trepara rápida las escaleras y me arrastrara con ella a esas negras profundidades. Pero mi hermano, impulsivo y a menudo estúpido, decidió subir. No me explico su comportamiento—.
—Los jóvenes y el concepto de la inmortalidad van de la mano —me tomé el atrevimiento de interrumpir a la joven, al tiempo que miraba el rostro de espanto de los adolescentes sentados alrededor de la humeante fogata—. Ese tino de ignorancia es maravilloso para el aprendizaje y la experimentación; pero terrible para la concepción de peligro. Esa inmadurez y falta de consciencia es un mal necesario, pues no hay mejor maestro que el fracaso y mejor motor que la ignorancia. Si poco se piensa en los obstáculos, más fácil es el primer paso. En cambio, quien intenta arreglar todo en la mente termina sin iniciar la carrera.
—Es cierto, y creo que ese impulso de ignorancia hizo que mi hermano subiera — continuó la enigmática jovencita su relato—. ¿Qué diría a mis padres si volvía sin mi hermano? Un sentimiento maternal y un temor familiar me obligaron a subir, aun con lágrimas en mis mejillas. Las escaleras sonaron mientras subía lentamente, al tiempo que gritaba el nombre de mi hermanito. Apenas pisé el segundo piso, vi que estaba compuesto por cuatro habitaciones. También vi de reojo la sombra recortada de mi hermano entrando a la habitación más alejada. Poco después el brillo de su vela desapareció. Yo, incapaz de pasar por la habitación más próxima sin estar segura de que allí no había peligro, decidí entrar e iluminarla con la vela.
»Allí había un rosario enorme colgado en la pared, además de varios cuadros religiosos e inquietantes, incluso repugnantes. Un aire aterrador y vetusto flotaba en aquel interior. Así que, incapaz de permanecer en esa habitación, di media vuelta y salí al pasillo.
»Mi hermano estaba frente a mí, inmóvil como una estatua de granito, mirándome con los ojos muy abiertos. Su rostro iluminado por la vela, y su sombra proyectada y agrandada hacia atrás. Pero me bastaron solo segundos para ver que mi hermano no me miraba a mí, sino algo detrás de mí.
»Sentí entonces el crujir cercano de la madera, a mi espalda. Las velas se apagaron al mismo tiempo, como sopladas por un horror indecible, y la oscuridad y el mal gobernaron el mundo.
»Y tomaron mi mano con gran fuerza. Y sentí una presión punzante y dolorosa. Grité histérica y sacudí mi otra mano para defenderme, pero mis dedos solo cortaron el enrarecido aire en medio de las tinieblas. Mi hermano, alterado, gritó mi nombre y, con reacción sagaz, iluminó el pasillo con su linterna. La luz blanca espantó todo lo grotesco, y vimos que tanto las lúgubres habitaciones como el siniestro pasillo estaban vacíos.
»No hubo necesidad de hablar después del suceso. Ambos, tiritando y ahora armados con las linternas, bajamos apresurados las escaleras, sintiendo que algo horripilante nos perseguía, pero no se nos acercaba; y salimos de aquella despiadada casa entre las brumosas montañas y bajo una mirada omitida e inquisidora para nunca más volver—.
—¿Fue el campesino quien te sujetó la mano? —pregunté, haciendo alarde de mis brillantes deducciones.
Y la joven de melena oscura y perfume dulce, asintió, al tiempo que tomaba un poco de vino. —Mi hermano lo vio —respondió mientras apuntaba con su dedo el dorso de su mano. Allí, a la luz de la hoguera, era visible una cicatriz. Una marca purpúrea y espeluznante que calzaba exactamente con la desnuda dentadura de aquel enigmático hombre de la foto.
-¡No dispare! No somos fantasmas ni nada. Sólo estábamos cansados -grité con el alemán más fluido que hablé alguna vez.
Después de esa gótica velada asistí a otras lunadas encantadoras, pero ninguna me impactó tanto como la descrita en este texto, y ninguna historia me causó más desasosiego y temor que la narrada por aquella jovencita bella y pálida de la cual, confieso, he olvidado su nombre.